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Recuerdos de recuerdos

A veces me pongo a recordar épocas pasadas que yo no he vivido aunque sí imaginado a menudo. De las que más me gusta recordar es la Griega Clásica, por su ingenuo sentimiento de saberlo todo. La admiración con que nos enseñan estos siglos en la escuela ha hecho, definitivamente, mella en mí. Tanto que una vez escribí un relato “Finisterre” donde me imaginaba que sensación tuvieron que experimentar los romanos, al toparse con el fin de la tierra.

Como apenas poseo conocimientos de historia (y también tengo abandonada a la historia del arte) me imagino a personas anónimas en días anodinos de la historia. Es mucho más sencillo que recordar el sabor de una gran batalla, o la resolución de una obra arquitectónica. Solamente pienso en momentos de silencio, aburrimiento y vacío, y los traslado a otra época: la visión fugaz de una chica del 1400 que imagina el 1900, a nuestros bisabuelos regresando del campo con los trastos a rastras por –hermosos- senderos ya borrados, tal vez con un cigarrillo a medias… Al ángel de la Melancolía de Durero pensado en la noche de los tiempos…

Existe un recuerdo que descubrí hace poco que es el más preciado que tengo (por su unicidad e intimidad): yo recordando a mi padre (fallecido) que recuerda su niñez. La imagen es conmovedora:

Mi padre me habla desde el sofá, una tarde más de invierno. Yo tengo unos 10 años, un azul Klein apagado colapsa el cielo. Escucho atenta. Me cuenta anécdotas de cuando era crío. Entonces yo me imagino (en blanco y negro) a mi padre jugando de crío por su pueblo, Zafarraya. Como nunca he estado antes, me imagino su pueblo (de color sepia) con viento y sin aceras. Mi padre se levanta, busca una foto de cuando era pequeño. No hay duda, me parezco a él.

 

 

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