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El sueño de una noche de verano

Descansa en mi maleta esperando a ser rescatado de la olvidadiza y volátil intención, una de estas cálidas y sempiternas noches de verano que, sin embargo, pronto desvanecerán. Rendida, pues, ante la idoneidad de tan sugerente título (que invita a encontrar la oportunidad perfecta de iniciar su lectura), me sumerjo en mi particular travesía de buscar rastros invernales los mediodías de agosto.

Propósito que consigo, no sólo través de la literatura, el cine o la televisión (supongo que como muchos, padezco melancolía estacional y disfruto más del paisaje invernal los mediodía de agosto) sino también a través del recuerdo de –casi- lejanas noches de mi adolescencia, cuando muy de madrugada, el agua oscura y fría de las piscinas nos hacían tiritar.

Entonces, me quedaba dormida contemplando la histórica y estrellada noche, imaginando antepasados y descendientes, pensando en la boca de él y proyectando una feliz carrera, hasta que cruzaba el aire un avión que me sacaba de mi solitaria ensoñación (cual águila) y me sumergía en otro delicioso sueño.

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