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El moderno flautista de Hamelín

Si en la entrada anterior mencionábamos que el comienzo del sueño altera nuestra percepción acerca de las buenas y malas ideas, en mi caso, la música en directo inyecta una especie de veneno que alimenta la aspiración, y el entusiasmo necesario para llevar a cabo los proyectos que se esconden entre los objetos cotidianos.

Mientras dura el concierto, el destino se esclarece, se ilumina e incluso se corrige ofreciéndonos una nueva oportunidad, no solo para cambiar de ruta, sino también para tomar un atajo. Pero para ello es imprescindible que el concierto sea medianamente bueno, y que el encanto derramado por el flautista se prolongue más allá de las puertas de la sala, y no se quede en la barra del bar, mientras planeas como conquistar parejas ajenas.

El hechizo te tiene que durar, por lo menos, hasta que llegues al portal de casa. Si te acompaña en el ascensor y entra contigo a casa, el concierto fue bueno. Si además a la mañana siguiente desayuna contigo, fue todo un éxito.

Y es que no hay nada tan evocador, inspirador o motivador como ver cómo se lleva a cabo un proyecto y más si es ahí, encima de escenario, a corazón abierto, sin red visible. Es una pena que las demás artes (al menos las que a mi más me gustan) no sean tan exhibicionistas.

A Laetitia Sadier, Nacho Vegas, Sam Amidon y Luis

 

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