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BOLAS DE CRISTAL

Como otras muchas niñas de mi edad, entre los siete y nueve años, me pasaba horas y horas delante del espejo del cuarto de mis padres, peinándome, mirándome y cantando (presuntamente) en inglés.

Me gustaba mirarme porque al hacerlo descubría detalles del rostro que aún desconocía: una peca o lunar, el color de las pupilas, la forma de la barbilla…Había por supuesto algo de vanidad pero también de reconocimiento personal; ¿esa era yo?, ¿por qué había nacido en mi familia?,¿no era raro que otras personas pudieran ver mi rostro más veces que yo?, ¿algún día sería cantante o, tendría un futuro tan atractivo como el de las niñas rubias que veía por televisión?

Estas y otras preguntas lanzaba a aquel espejo redondo como si, en vez de ser un espejo de tocador, se tratara de una gran bola de cristal que nunca se cansaba de mirarme. Pero una vez mientras pintábamos la casa, mi madre lo cubrió con una sábana, me senté encima pensado que sólo lo hacía en la cama y lo rompí, rompiéndose de esta forma mi incipiente y fructífero narcisismo.

Empecé a buscarme en espejos ajenos, de familiares y amigos, y de paso también, en escaparates, cristaleras o cualquier superficie plana que reflejará mi tímido rostro…Pero ya nunca fue lo mismo, el eco de las voces de los demás se mezclaba con la mía haciendo a esta casi irreconocible.

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