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La Odisea.

El verano pasado leí la Odisea y la disfruté tanto, que hace un mes volvía a la misma librería donde la compré con la intención de hacerme con su precedente -la Ilíada- y así saber acerca de esa guerra de Troya que llevó a Odiseo a vagar entre islas (comencemos por el final, una vez más). Quería además que ésta fuera del mismo lugar y de la misma colección que mi Odisea, como si eso mágicamente pudiera garantizar la experiencia literaria ya vivida.

En el caso de un libro como la Odisea, mítico en todas sus acepciones, os podéis imaginar cómo de sugestivo y fuerte era la llamada de ir a por la Ilíada. Mi voluntad aquella mañana vagaba entre el capricho y la superstición, como si alguien estuviera ya susurrando en mi oído el inicio del poema: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos, y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes…  y despertara en mí algún tipo de recuerdo, de ensueño. Me decidí y me acerqué con los niños a esa librería, en busca de más aventuras. 

La Odisea es poética hasta decir basta. Repleta de frases evocadoras, arrebatadoras. Mi edición (austral-espasa, tapa dura, diseño vintage y precioso) está traducida a prosa, pero el original son versos y pasan cosas así, que para decir que está atardeciendo tú lees: “ya el sol desamparaba el hermosísimo lago”, o, “el hambre atormentaba los vientres” Recurrente son las expresiones: “aladas palabras” “anchuroso cielo” “el que amontona nubes” “la de níveos brazos y largas trenzas” “ derramando tiernas lágrimas”… se llora mucho en la Odisea, especialmente ellos, eso me pareció.

Hablo también de memoria, cuando escribo que la experiencia literaria vivida mientras la leía fue diferente a todo lo que he experimentado con otras lecturas. Por un lado, hubo cierto distanciamiento con los personajes a los que jamás proyecté en carne y hueso, sino como esculturitas de mármol, tal vez, por el continuo desfile de héroes, dioses. Tampoco perdí la noción del tiempo entre sus páginas, como si estuviese leyendo sobre una piedra, menos ágil y absorbente que la lectura en papel, pero también más consciente. Y sin embargo, era emocionante encontrarse frases tan trilladas como esta en las que Atenea dice: “se me parte el corazón a causa del prudente y desgraciado Odiseo” y no obstante, experimentarla como si fuese la primera vez que la has visto escrita, u oído. Como si la memoria fuera capaz de borrar, congelar, esa expresión mil veces dicha, mil veces bailada.

Supongo que el hallazgo repentino de conocer de dónde podrían provenir es un golpe fuerte, pero igualmente lo es la palabra despojada de los recursos narrativos típicos a los que estoy acostumbrada como lectora (distintas  voces,  punto de vistas, variedad espacio-temporal) que no hace sino ahondar en su bien, en su autenticidad, llevando la verosimilitud más allá de sus páginas, dándole peso, corporeidad. 

Uno de los pasajes más emocionantes del libro me pilló en un camping, en silencio absoluto de la noche, en su semioscuridad. Se trata del canto XI “Evocación a los muertos” cuando Odiseo baja al Hades para entrevistarse con Tiresias  y se encuentra con su madre, a la que intenta abrazar en vano, y entonces ella le dice que: cuando fallecen los mortales, los nervios y las osamenta se separan y “el alma se va volando como un sueño”. También se encuentra con Agamenón, de quién tampoco sabía nada, ni de cómo había muerto. A la sazón éste le narra el suceso y ambos “derraman copiosas lágrimas”. Es un episodio hermoso y aterrador. Mi imaginación acompañó en ese descenso a Odiseo dibujando su particular Hades, y habitándolo con mis seres queridos: mi padre y Jesús, Miguel y Olga, mi tío Julián.  Cada uno con su historia feliz y/o triste, sus aventuras y desventuras, como personajes de un libro. Recuerdo, que el viento de vez en cuando movía las páginas del mío con testarudez, sacándome de la lectura para dar veracidad a ese momento único en los que estaba repasando sus vidas pero desde la distancia que marcan los siglos. ¡Será posible! Como si junto a Agamenón, Aquiles, u otros tantos personajes, estuviera mi padre por allí, alrededor de mi copa de vino, y en su rostro viera la tristeza que le produce no haberme visto crecer, pero la alegría de tenerme allí furtivamente para decirle que no me olvido de él.  De verdad os digo, que fue una experiencia única.

A menudo pienso en la Odisea como un suerte de roca que mantiene intacta sus cualidades minerales: invariabilidad, atemporalidad, perdurabilidad… Incluso metafóricamente se podría utilizar esta imagen y, sobre esa piedra sustrato de la literatura occidental, depositar capas y capas de tierra, sobre las que además han germinado miles de semillas. 

Han pasado 3000 años y mantiene intacta su fuerza poética y emotiva, como si no consiguiera envejecer, como si fuera esa especie de Hades que he relatado donde Odiseo ve a compañeros que acaban de fallecer, pero también a seres de otras épocas, como a Hércules. Quiero decir, que pese al tiempo transcurrido, su lectura tiene ese efecto instantáneo que te ubica en una especie de limbo (sin pasado, sin presente, sin futuro), como una roca antigua que no tiene sentido medirla con nuestra escala de años. Como San Carlo de las Cuatro Fuentes que sigue permaneciendo irresistiblemente moderno en las viejas páginas oxidadas y amarillentas de los Summa Artis.

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