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JOSE MOLINA

Probablemente, el plano más bello de la Historia del Cine.

Probablemente, el plano más bello de la Historia del Cine.

Recuerdo una tarde de un domingo de invierno, de hace ya muchos años, en la que mis hermanas y yo, íbamos de Málaga a Fuengirola en tren. Así lo hacíamos cuando íbamos a visitar a mis primas y mi tía. Ese domingo mi tía estaba algo agorera y, dispuso que mi padre viniera a buscarnos a la estación. Supongo que la imagen de nosotras tres subiendo por esa larga avenida, tan antigua como el mundo, que separaba mi casa de la estación de Cercanías, le llevaba a un imaginario común de niñas desparecidas que le carcomía y angustiaba. Así que llamó a la madre de Q. para que le dijera a mi padre que viniera a buscarnos. No recibiendo la contestación de la vecina (que habría enviado a algunos de sus hijos a dar recado) me dio dinero para coger un taxi.

Al llegar a Fuengirola cogí uno apresuradamente, con cierto egoísmo, a pesar de que el cielo todavía clareaba y el camino no era largo. Al par de minutos, justo en la mitad del camino, vi a mi padre pasar, como ya me había temido nada más cerrar la puerta de aquel coche. Caminaba con elegancia, dando grandes zancadas y con las manos en los bolsillos. Alto y delgado, me recordó a los personajes de las películas del Oeste que veíamos juntos por televisión. Solitario y melancólico, envejecido, vencido y carismático.

-¡Papá! dije.

Pero para cuando me di cuenta, el taxi ya lo había dejado atrás y, no supe, no quise, decirle al malhumorado taxista, que diera la vuelta, que parara, que recogiera a mi padre.

– Pa-pá, volví a decir, pero esta vez algo más bajo y, para mí.

Era la primera vez que lo veía sin que él se diera cuenta de que estaba siendo visto como un hombre cualquiera; un desconocido más, que caminaba con semblante triste y preocupado por las calles de mi ciudad esa solitaria tarde de domingo, como son todos los domingos de inviernos. Con el ceño siempre fruncido y la mirada baja, pensando en cosas misteriosas, vaticinadoras, que yo no comprendía, pues para mí siempre fue un misterio saber adonde le llevaban la profundidad de sus grandes ojos negros.

Mientras la avenida iba vaciándose de comercios y abriéndose a la quietud de los campos ensombrecidos, una honda pena se ciñó también sobre mí. Sonreí a mis dos hermanas para convencerlas «enseguida subirá», les dije. Al cabo de tres o cuatro horas, abrió la puerta de casa, cansado y algo molesto.

¿Cómo habéis subido, Inmaculada?

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