Adiós noviembre

Ahora entiendo que la niebla sea el recurso cinematográfico por excelencia para expresar lo que ha ocurrido en un tiempo que no llega a pertenecer del todo al presente, como son los sueños, las regresiones o incluso las prospecciones. La falta de visibilidad que genera hace que perdamos la más elemental noción del tiempo, (¿de día o de noche? ¿1996 o 2011?), arrastrándonos de esta forma a una especie de limbo poblado por adultos que vagan del presente al pasado, entre fantasmas y coetáneos, despreocupadamente. Propicia ese verídico tiempo irreal que experimentamos cuando leemos libros de otros siglos y conseguimos ignorar, momentáneamente, las coordenadas espacio temporales, y perfilar rostros que el tiempo desdibujó.

Esto me hizo pensar cómo el clima determina nuestro día a día con diligencia, y hasta qué punto empapa mi historia sentimental, invitándome a la contemplación y al recuerdo. Soy capaz de recoger a través del frío, la humedad y la luz de una tarde de diciembre, otra que pasó tiempo atrás. No hablo de fechas clave, ni de comentarios fortuitos que te llevan al rescate del recuerdo, sino de la simple percepción de la temperatura, humedad u olor que arrastra el aire… Mi memoria climática suele transportarme a un día cualquiera del pasado que me pasó, además, inadvertido.

Quizá la única distancia que nos separa de un pasado remoto no son los años consensuados, sino el simple tiempo atmosférico. Tal vez sean también las brumas las más indicadas para vislumbrar fantasmas, pues ya desde pequeños nos contaron que los muertos viven en las nubes.

 

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Días de cine

Es en una butaca de cine donde he experimentado lo que significa perder el tiempo con toda la crudeza y existencialismos posibles.

No existe nada que me haga tomar más conciencia de todo el tiempo perdido, y del que estoy perdiendo, que cuando me encuentro mirando una mala película. Mala y pretenciosa, porque si es mala o, pretenciosa da igual. Pero a la vez, no puedo soportarlo. Empiezo a impacientarme por la hora, minutos y segundos que llevo delante de la pantalla y, de paso me da tiempo también, a arrepentirme por las tardes vacías, los paseos tontos e incluso de las visitas que hice a algún que otro centro cultural.

Puede que no sea sólo coincidencia, ya que tiene cierta lógica que sea en el cine, o en un concierto o exposición, y no en la cola del supermercado, donde tomemos conciencia y experimentemos un profundo malestar acerca de cómo invertimos nuestro tiempo; pues son, justamente, las obras de arte las que nos hacen más atractiva, interesante y sustancial la vida.

Decía Godard, en otro orden de cosas: “El día a día hace las formas, y el arte las libera”. Lo que me hace pensar que, lo que yo experimento frente a una mala película es justo lo contrario a esto. Es decir si el arte (la mala película) me subraya el día el día, es que algo va mal. (O que se trata de una película neorrealista, pero eso sí que es otra historia)

Hiroshi Sugimoto. Autocine, Tri City, San Bernardino (1993)

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El moderno flautista de Hamelín

Si en la entrada anterior mencionábamos que el comienzo del sueño altera nuestra percepción acerca de las buenas y malas ideas, en mi caso, la música en directo inyecta una especie de veneno que alimenta la aspiración, y el entusiasmo necesario para llevar a cabo los proyectos que se esconden entre los objetos cotidianos

Mientras dura el concierto, el destino se esclarece, se ilumina e incluso se corrige ofreciéndonos una nueva oportunidad, no solo para cambiar de ruta, sino también para tomar un atajo. Pero para ello es imprescindible que el concierto sea medianamente bueno, y que el encanto derramado por el flautista se prolongue más allá de las puertas de la sala, y no se quede en la barra del bar, mientras planeas como conquistar parejas ajenas

El hechizo te tiene que durar, por lo menos, hasta que llegues al portal de casa. Si te acompaña en el ascensor y entra contigo a casa, el concierto fue bueno. Si además a la mañana siguiente desayuna contigo, fue todo un éxito.

Y es que no hay nada tan evocador, inspirador o motivador como ver cómo se lleva a cabo un proyecto y más si es ahí, encima de escenario, a corazón abierto, sin red visible. Es una pena que las demás artes (al menos las que a mi más me gustan) no sean tan exhibicionistas.

A Laetitia Sadier, Nacho Vegas, Sam Amidon y Luis

 

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Mientras te dormías

Ayer tuviste una idea genial mientras te quedabas dormido pero hoy, al despertarte, no recuerdas nada. No es la primera vez que te pasa, y tampoco será la última vez que te reproches no haber encendido la (maldita) lámpara, y apuntado la genialidad. Pero claro, no tenías un cuaderno en la mesita de noche. El sueño te vencía y confiaste en tu memoria.

La próxima vez hazlo. Escribe esa idea donde puedas, en el libro, en la sábana, donde pilles y te darás cuenta, cuando te levantes a la mañana siguiente,  que esa idea tan buena que se te ocurrió mientras te dormías, te pareció una gran idea, precisamente por eso, porque te estabas quedando dormido

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Verano y (des)amor

Se dice, se comenta, que el final del verano supone también el final de muchos matrimonios. En vacaciones, maridos y mujeres, tienen más tiempo para compartir, para estar juntos, y en definitiva, para conocerse mejor. Pero al finalizar agosto, acaban no queriendo saber nada el uno, del otro. Hasta hace poco lo encontraba lógico. Pero entonces, me llegó el rumor de una ola al romper…

Hace bastante tiempo vi una película preciosa titulada “Pleno verano”. Alguna vez me vienen a la memoria imágenes de una de sus protagonistas. En concreto, de cuando se despertaba y se desperezaba siguiendo la melodía de Sunday Morning, mientras la luz clara de la mañana llenaba su habitación de olores, de sonidos y suavidad epidérmica. Toda esa sensualidad se colaba en nuestra sala de cine, ese frío y lluvioso mes de noviembre. Justo como se ha colado ahora en mi bolso de playa el libro del verano: “Verano y amor” de William Trevor, aunque todavía no haya abierto una página.

Perdonen, alguien se acerca…

- ¿Te importaría vigilar mi toalla? Es que voy a darme un baño

- Sí,  sí claro no se preocupe (pero intente no echar tanta arena… Qué manera de espurréala, señora)

…Como iba diciendo, el verano sabe a primeros besos, cigarrillos, sueños…Y a lo que imaginábamos que podría haber sido pero finalmente no sucedió.

Esperen, más arena, no hay quien se relaje…

-Agua, coca-cola, fanta, cerveza. Agua, coca-cola, fanta, cerveza, patatas…

-Una light.

…Pues eso, que el verano es tan sensual, onírico y  jovial que el continuo murmullo de olas al romper hace evocar nuevamente esos pensamientos, y peligrar las actuales historias de amor: acercando el lejano horizonte de la adolescencia y alejando la cercana orilla que ahora pisamos.

-¿Te vienes al agua?

Me besaron en la playa siendo todavía una adolescente, lejos de todo rompeolas, tal día como hoy, hace ya unos cuantos años… Pero mira que está buena el agua hoy…

-Agua, coca-cola, fanta, cerveza. Agua, coca-cola, fanta, cerveza, patatas,

All my love for Jesus Gollonet, my dearest constant

 

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Piscinas Pop


Este verano la piscina podría volver a ser ese receptáculo de promesas no cumplidas en el que nadaran tranquilamente los anhelos. El lugar donde la melancolía pondría a remojo sus lánguidos y largos cabellos, presa de la desidia, o cansancio, que traen las calurosas horas del mediodía. Donde la ninguneada pero altiva aspiración, esperará impaciente, un verano más, ser liberada del fondo para así pasear y presumir de esplendoroso cuerpo por el jardín.

Las piscinas… Planas, azules, profundas, meditabundas, silenciosas, históricas, oníricas y camaleónicas. Pero especialmente  hermosas, soñolientas y quejumbrosas.

El refugio idóneo donde ocultar ese proyecto silencioso que después de tantos veranos bajo agua, aprendió a bucear y a subirse solo por el bordillo mientras tomábamos el sol, contemplabamos somnolientos las noches de agosto o, nos íbamos de fiesta…

Piscinas que, como las de Ed Ruscha, también muestran su lado desafiante y tenebroso – como si se tratasen de pozos de perenne despropósito- nos invita a romper nuestro reflejo en el agua, para que deje de ser eso, un reflejo en la superficie.

He de reconocer que no dan ganas de sumergirse en esas mansas aguas y nadar solo entre anhelos, miedos y sueños. Pero este año, los míos, permanecerán en el fondo, en la parte más honda y oscura de la piscina, donde no pueda tocarlos con el pie.

Me lanzo a la piscina muerta de miedo esperando que, pronto, tal vez el verano que viene, las gotas de mi inconsciente zambullida les salpiquen. Empiezo a nadar escribiendo el primer capítulo de mi novela.

 

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Promesas y estanterías

Hubo libros que cuando los compré ya sabía que acabarían acumulando el polvo de las ciudades. Sin embargo, en el momento de compra son irresistibles objetos de deseo que te prometen sabiduría, y agradables veladas de recogimiento y esparcimiento.

Pero este capricho o impulso intelectual, acaba convirtiéndose en un triste panorama que te recuerda de vez en cuando tus (des)propósitos. De ahí que a veces tenga cierto reparo en otear a las bibliotecas ajenas, porque donde unos creen reconocer el gusto del morador, yo solo veo –en algunos casos- frustraciones y aspiraciones.

Y es que algunos de mis libros acabaran finalmente apoltronados en estanterías, que, como si de una de placa conmemorativa se tratara, me recordaran que en tiempos pretéritos hubo alguien importante del que apenas, supe, ni sé y ni sabré nada. Y es precisamente ese carácter enigmático lo que atrae mi curiosidad, pero también saber que estarán ahí de forma continuada lo que la frena

Preferimos estanterías llenas de libros a vacías. Supongo que como en la religión, la sabiduría también es una cuestión de fe: creemos en aquello que no vemos, que no entendemos y que no leemos. Pero ambos están ahí desde que el tiempo es tiempo, y eso en el fondo es lo que nos consuela.

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El tiempo que no perdimos

Más de una vez ante un cuadro me he debatido entre permanecer el tiempo estipulado * o, quedarme el que imagino merece la pintura.

Al final siempre abandono con un resquicio de culpabilidad y una leve frustración por haber sucumbido al tiempo estipulado: siempre hay más cuadros por mirar, sitios que visitar, preguntas que responder y ningún banco donde sentarse. Además, si desde un principio no encuentro una justificación sincera para quedarme ahí parada, prefiero marcharme antes que obligarme a adoptar una pose de afectación impostada que tenga poca correspondencia con el grado de embelesamiento que requiere la pintura.

El recuerdo más vivo que tengo, es el de una placida mañana de primeros de marzo en la Academia de Bellas Artes de Venecia, frente a La Tempestad de Giorgione. Ahí estaba yo, mirando enmudecida aquella pintura que años atrás me había quitado el sueño una calurosa madrugada de agosto. Sin embargo, no permanecí frente al cuadro el tiempo que había imaginado estar, el tiempo que se supone debía haber estado dado que me hallaba frente a él, por vez primera. Y no es que me hubiera defraudado. Como siempre, enfrascada en mi particular batalla acerca de lo conveniente o no de quedarse, abandoné la sala con sentimientos de arrepentimiento y culpabilidad.

Normalmente cuando esto ocurre sigo mirando la obra, desde otra obra, desde la otra punta de la sala; la panorámica no es tan buena, pero no interrumpe la contemplación.  Alarga el placer (o la agonía) y, me permite contemplar desde la distancia el cuadro como cuadro, y no como pintura, arte o historia. Si, por el contrario, abandono precipitadamente una obra considerada maestra, vuelvo sobre mis pasos.

Como no podía mirar de soslayo el cuadro y además se trataba de una obra maestra, volví al pequeño habitáculo donde reposaba la tempestad.  Tuve un pensamiento claro: prefería recordar la pintura que memorizarla, llevarme una impresión que una lección. De alguna manera intuía, que ese cuadro no había sido pintado para ser mirado, sino más bien para ser recordado. Así que, sin ningún tipo de miramientos, me marché. Me marché para recordar el recuerdo que se me estaba mostrando. Y es que Giorgione, como más tarde supe, no estaba pintando lo que se veía sino lo que se recordaba.

¿Y no es acaso eso el tiempo que no perdimos con un ser querido lo que más lamentamos cuando ha desaparecido?  ¿No es acaso el recuerdo de lo que no pasó lo que más atormenta? El apreciado tiempo adquiere especial valor, no cuando lo aprovechamos, sino cuando sabemos cómo perderlo.

Rememoro y me regocijo en las tardes y noches que pasé en balde, aquellas en que sabíamos cómo perder fructíferamente el tiempo.

* Calculo que es de uno 1 a 3 minutos. No he leído al respecto, pero sé que existen mediciones sobre el tiempo que se tarda en recorrer una exposición.
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Two Lovers

Decía Alfred Hitchcock que si nuestros muertos volviesen, no sabríamos muy bien qué hacer con ellos…Nunca compartí esa sentencia, hasta que hace un par de meses me topé con una película (Two Lovers) que me reavivó un sentimiento que creía olvidado, y desenfocado.

Hallar y perder el objeto deseado a la vez, rozarlo y nunca más volver a hacerlo. Pero haber sido también alguna vez ese objeto de deseo, quedar rendida ante tan sincero amor para, finalmente, huir de tan profundo y oscuro sentimiento, como quien huye de un cementerio, con ese sentimiento de querer vivir porque los demás están muertos. Decía un buen amigo que el adverso del amor era la muerte, nunca quise entenderlo…

Así que probablemente, el maestro, tenga razón y no deberíamos dejar rastro alguno a los que un día se fueron porque… ¿Han pensado qué harían si volvieran aquellos por los que en algún momento hubiesen muerto?

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Ordalías

Cuando empecé a deambular por los ambientes indies de mi ciudad natal, solía imaginarme una especie de juicio final donde todos los alternativos entendedores de música serían juzgados por sus pretendidos gustos musicales. El juicio se celebraría en la plaza de la Merced y un notario (emulando a un cristo en majestad), leería en voz alta qué grupos o músicos eran los verdaderos, de entre los falaces, y qué fieles dignos de tal música.

Me regocijaba imaginando los músicos que no estarían en la “lista de los elegidos a pasar a la historia” pero, sobre todo, imaginando la cara de circunstancia de algunos de sus más fieles seguidores, postrados ante las mismísimas puertas del cielo pidiendo clemencia. Aún me da la risa, y eso que yo tampoco estaría entre los elegidos.

De hecho, si echo la vista atrás, puedo verme en más de una ocasión hablando de aquello que no entiendo, mencionando títulos que no he leído o, defendiendo una postura política que tiempo atrás dejó de existir. Es difícil no intentar ocultar las lagunas que se tiene en los campos que a uno más le interesan. Llámalo orgullo, amor propio o simple vergüenza.

Yo, por si acaso, rezo cada noche para que nunca me visite San Miguel dispuesto a pesar las páginas de todos los libros que no leí pero, sobre todo, de aquellos que no volví a abrir y perecieron en la biblioteca


A Miguel, a cuyo juicio invisible y secreto siempre me someto.

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