Películas románticas

Decía Alfred Hitchcock que si nuestros muertos volviesen, no sabríamos muy bien qué hacer con ellos.

Nunca he compartido esa frase, sin embargo, hace unas cuantas semanas me topé con un sentimiento antiguo que creía agujereado, envejecido y olvidado, y no supe muy bien qué hacer con él. Tan solo lo observé desde mi butaca de cine, con ojos tristes, y guardé silencio mientras la nostalgia empapaba las palomitas.

Hallar y perder el objeto deseado a la vez. Rozarlo, y nunca más volver a hacerlo. Pero haber sido también alguna vez ese objeto de deseo, rendirse ante tan sincero amor para, finalmente, esquivarlo, y huir de tan profundo y oscuro sentimiento, (decía un viejo amigo que el reverso del amor era la muerte), como quien huye de un cementerio, con ese sentimiento contradictorio de querer vivir porque los demás están muertos.

Ese sentimiento antiguo vuelve a estar otra vez bajo tierra, junto con otros cuerpos, pero esta vez no olvidé dejar un brazo fuera, por si acaso yo, o él, pidiera mi ayuda.

Probablemente Hitchcock tuviera razón, y no debiéramos dejar rastro alguno a los que un día se fueron porque: ¿qué haríamos si reaparecieran aquellos por los que en algún momento hubiésemos muerto?

La película es Two Lovers

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Aburrimiento académico

A veces me pregunto porqué nunca he tenido la valentía de levantarme y abandonar una conferencia tediosa, una clase aburrida o una obra de teatro soporífera, con lo sencillo que sería levantarme -sobre todo si es un auditorio grande- y marcharme y no escuchar más discursos vacíos y reiterativos, interpretaciones desvaídas, o clases que zarparon hacia ninguna parte, o lugar. No, eso no. Ahí me quedo yo, pasmada, intentando dar sentido a lo que no, esperando un giro inusitado del discurso que dé valor a lo dicho. A veces aparece, pero otras no.

Lo curioso es que casi nunca salgo con la sensación de haber perdido el tiempo, sí, removida, agitada, y, a veces, algo triste. Lo que me hace pensar en un concepto que leí, hace ya tiempo, en “El cine según Hitchcock”, donde Truffaut sacaba a relucir la noción de “películas enfermas” para referirse a parte de la filmografía de Hitchcock que se alejaban de la maestría del genio y, que la crítica más denostó. Para él, estas películas, sin embargo, eran tanto más profundas que sus clásicas porque permitían observar, por un lado, digamos en sentido metafórico, el dibujo que escondía la pintura, y por otro, al ser más sinceras (que no menos artificiosas) eran tanto más fáciles de allanar, perpetrar, aprender…

No sé, creo que no llego a abandonar la sala porque sale a relucir mi verdadero espíritu, el que lucha contra el tedio, la mediocridad y el aburrimiento diario que ofrece la vida, pero también el que siempre está a la espera de algo mejor, lo cual aparece más a menudo de lo que uno pueda creer. Porque a decir verdad, ¿por qué tengo más firmemente en la memoria las malas conferencias que las buenas? De hecho, al final, fueron de las que más aprendí. Es que ya lo decía Truffaut, te permiten ver más claramente.

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Mirar pintura

Aunque a veces he estado tentada de comprarme uno de esos libros de arte que llevan por título cómo mirar (interpretar, saborear o deliciosear) un cuadro nunca lo hecho. Y puede resultar paradójico porque, por un lado, siempre me ha parecido que en tan pocas y bonitas páginas no se puede explicar algo tan complejo, y por otro lado, tenía miedo de enfrentarme a la verdad: no saber interpretar un cuadro y, lo que es peor, una vez descubierto que así es, no tener ganas de cambiar el vicio de mirar cómo siempre he mirado, aunque eso suponga dejarme lo importante y primordial.

Pero es que a veces estoy enfrente de un cuadro y no veo ni colores, ni formas, ni tema: sólo tiempo, es decir, el pesar de los siglos que se agolpan a mis espaldas produciéndome la sensación de que me encuentro al filo de la historia, caminado por su vértices, sus límites, contemplando desde la cima los claroscuros de las épocas que me anteceden y me precederán. A un lado, quedan las escenas mitológicas, de batallas, de caza, los cielos velazqueños o incluso el lapislázuli de van der Weyden… Yo sólo veo tiempo, recogido, enmarcado y laureado.

En lugar de perspectiva, técnica y composición, yo sólo veo un tiempo histórico, íntimo e imaginario. Ese tiempo histórico, tan común, por otro lado, en los viejos monumentos o ciudades (tengo seres queridos que vivirán permanentemente en las ciudades que visité antes de que perecieran) empuja al presente quedando este relegado a lo esencial (como el horario de cierre).  Mirando las pinturas no sólo revivo el fantasma del pintor, sino también a los míos que se acoplan de forma tan natural a mi andar que apenas me percato de su presencia hasta que abandono el lugar, y a ellos.

Es por eso que no leo cómo leer pintura por temor a perder a esos viejos fantasmas que permanecerán y des-permanecerán eternamente, como el azul que ahora contemplo.

Para Jesús

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Inspiracionismo

Abramos la caja de Pandora y saquemos de ahí al primo hermano del Apropiacionismo, el Inspiracionismo, que lejos de aniquilar el valor estético de la obra de arte (proceso que realiza el Apropiacionismo a través del plagio y la copia), intenta, por el contrario, intensificar o alargar, el deleite que provoca la contemplación de ésta, a través de la inspiración casi literal del motivo principal, diferenciándose original y copia  -sólo- en pequeños detalles que mejoran, a nuestro íntimo parecer, la obra: un mal trazo, un color sobrante, un personaje aburrido, una banda sonora fuera de tono, un cambio de formato….detalles que de estar o no estar, harían que la obra fuese redonda más que cuadrada.

Como práctica íntima o de grupúsculos, el Inspiracionismo, se desvincula parcialmente de la figura del crítico, donde éste abre brechas, el inspiracionismo las cierra, en la medida de sus posibilidades. Depende exclusivamente de tu destreza, talento o capital, el mejoramiento de aquello que resta valor a la obra que lees, contemplas, escuchas, tocas, palpas, hueles…

No pretendemos pintarles unos bigotes a la Monalisa (aunque sea imposible no tener a Duchamp como referente), dado que latentemente nuestra pretensión es, sobre todo, romántica: mecernos en la plenitud de la obra de arte eternamente, como el polvo que se posa en el Gran Vidrio.

Quizá sea la ansiedad que me despierta la muerte, pero me entristece saber que Doctor en Alaska llega a su fin. Apología de lo infinito

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El sueño de una noche de verano

Descansa en mi maleta esperando a ser rescatado de la olvidadiza y volátil intención, una de estas cálidas y sempiternas noches de verano que, sin embargo, pronto desvanecerán. Rendida, pues, ante la idoneidad de tan sugerente título (que invita a encontrar la oportunidad perfecta de iniciar su lectura), me sumerjo en mi particular travesía de buscar rastros invernales los mediodías de agosto.

Propósito que consigo no sólo través de la literatura, el cine o la televisión (supongo que como muchos, padezco melancolía estacional y disfruto más del paisaje invernal los mediodía de agosto) sino también a través del recuerdo de –casi- lejanas noches de mi adolescencia, cuando muy de madrugada el agua oscura y fría de las piscinas nos hacía tiritar.

Entonces, me quedaba dormida contemplando la histórica y estrellada noche, imaginando antepasados y descendientes, pensando en la boca de él y proyectando una feliz carrera, hasta que cruzaba el aire un avión que me sacaba de mi solitaria ensoñación  (cual águila) y me sumergía en otro delicioso sueño.

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Si mi biblioteca ardiera esta noche…

Si empezara a arder por ejemplo desde abajo, arrasaría con el vago recuerdo de vaporosos decorados Rococo, sepultaría del todo el arco de herradura del primer románico peninsular y olvidaría lo que significó el Suprematismo ruso y el pobre Duchamp. Si el fuego continuará extendiéndose hacía la izquierda, Javier Marías quedaría por siempre jamás desterrado en Londres y Tolstoi en Siberia, Filemon y Baucis no serían frondosos árboles que se acarician en los días de viento, y la tristeza de toda una tarde no quedaría recogida en la frente de una hermosa dama.

Si el fuego avivase, Greta Garbo nunca subiría al tren que la condujo de San Petersburgo a Moscú, Cary Grant no salvaría a Ingrid Bergman de un triste envenenamiento y Woody Allen finalmente se habría ido a vivir a Los Ángeles.

Tampoco el fuego permitiría que Laetetia Sadier hubiese cantado alguna vez a los soviets, Devendra Banhart a la luna y Daedelus no homenajearía a Icarus. Chris desde la K-Oso no daría voz a todas nuestras semiocultas y tristes melancolías rodeadas de ensoñados paisajes invernales (¡Cuántas auroras boreales hubiesen quedado desterradas!).

Si mi biblioteca ardiera esta noche rendiría homenaje a un viejo amigo que me enseñó lo que significa una biblioteca propia, de uno. Aquí un verso de Luis Rosales que un día me escribió: “Y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo porque todo es igual y tú lo sabes”.

Por último si mi biblioteca ardiera esta noche (todo y nada se llevaría, porque la ficción como el recuerdo, no habita ni se guarda en estanterías) recogería sus cenizas y las guardaría como testigo de aquello que alguna vez conocí, sentí y leí.

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Mañana en la batalla piensa en mí

Si no recuerdo mal (seguramente así es, vosotros me corregiréis) en La insoportable levedad del ser, Kundera distingue tres tipos de personas según la presencia que éstos tienen presente cuando batallan con su cotidianidad. Más o menos: había quienes actuaban de cara a la galería, quienes tenían presente algún ser querido ya ausente, o quienes se imaginaban bajo la mirada de quien incluso ignoraba casi su existencia.
Dardo en la diana. Me imagino sentada ante un tribunal declarándome no inocente por recurrir a extraños y a fantasmas en mi excursión diaria.

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Piscinas

Y con la intención de ver mi reflejo en el agua y sopesar mi grado de melancolía, me aventuré 15 años atrás hacia mi antigua piscina, buscando la paz de quien camina por la playa en invierno.

Dejando a un lado el viejo y trágico mito de Narciso me asomé a ésta, pero está vez no estaba llena, sino vacía, desnuda, como un lienzo o página blanco, dándome, pues, la ardua oportunidad de llenarla -si eso deseo- de mis propios sueños.

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Sobre atardeceres

Ya que para la Wilde los atardeceres tipo Turner estaban pasados de moda (no seré yo quien contradiga a este gran esteta) recurriré  a los de otro pintor romántico, John Constable, de naturaleza idílica y tranquila para contrarrestar este lánguido anochecer que ahora contemplo, y así gozar de una naturaleza intranscendente y profundamente superficial.

¿Quién no se subiría al viejo carro de heno un mediodía río arriba con el único temor de que vuelva la tormenta que hace poco se marchó? Dar un antiguo y largo paseo por la tranquila campiña inglesa del año 1821, a merced del agua, escuchando los silbidos de las hojas con el viento, o el ladrido de un perro.

Todo es tan profundamente sentimental y Constable lo transmite de una forma tan cercana y realista, que entendería que no se hubiese atrevido nunca a pintar paisajes nocturnos, dado que estos serían los cuadros más melancólicos del mundo: porque no se trataría sólo, como en otros pintores románticos, de la visión y experiencia personal de un pintor acerca de la eternidad, sino del fiel reflejo de lo que contempla

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Me alegra que me haga esa pregunta


Más de una vez, en un pasado no tan lejano, me veía a mi misma, delante de un espejo o un café o un paisaje, respondiendo, en silencio, a preguntas que yo misma me hacía en voz de otros.

Me inventaba una entrevista, bueno, más bien esbozaba una entrevista que, hasta ahora, siempre había sido secreta. El motivo por el que me entrevistaban, era un detalle sin verdadera importancia que el futuro ya se encargaría de resolver…en ella, simplemente, daba mi valiosa opinión, sobre aquellos cosas que me influenciaban a la hora de concebir X.

Lo que si estaba claro sería que comentaría cuáles eran mis películas favoritas o pasajes de libros inolvidables; hablaría de festivales de música, locales de ensayos, conciertos.. para finalmente confesar al entrevistador, que ya desde muy joven, me había imaginado una situación así, en la que me hacían una entrevista para xxx diario

Por supuesto que nunca llegué a escribirla, de hecho se trataba más bien de una imagen que mi yo adolescente proyectaba sobre su futuro adulto, que sólo duraba unos cuantos segundos, los suficientes para responder a dos preguntas a medias, hasta que otro pensamiento me sacaba de mi ensoñación o me aburría de proyectar castillos en el aire.

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