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Si sólo vivieran los vivos…

“Si sólo vivieran los vivos, la tierra sería inhabitable” (Gabriel Marcel),

recordaba Javier Marías, en un artículo dominical, habérsela oído o leído, a su padre. Hoy recojo la cita para recordar al mío con esta foto que tomó mi madre, entre risas y emoción, un mediodía de agosto de hará ahora 33 años.

En ella se me ve con apenas un par de meses durmiendo a su vera; imitando su postura, adaptándome a él, en el más plácido de los sueños. Alentó mi principal afición, la lectura, aunque jamás cogió, ni me regaló ningún libro; eso vino después, cuando ya no estaba, cuando era un muerto. Fue entonces cuando empecé a encontrar consuelo en los clásicos, en aquello que perduraba, y llevaba al fin y al cabo, más años de sepultura que él. “Esta película tiene 40 años,” me decía a mí misma, asombrada por tal milagro. Infantil o no, calculaba que a partir de mis 30 años habría vivido la mitad de mi vida sin su influjo, y eso me producía un vértigo tremendo, por lo que yo continuaba refugiándome en las películas y en los libros antiguos porque mi ventana a un mundo de fábulas y vaticinios familiares, había sido cerrada de golpe.

Mientras seguía leyendo el artículo de Marías, me iba imaginando cómo sería mi vida si apartasen de ella a mi amigo Miguel, o Tolstoi. Comprendí perfectamente la consternación de Marías, al comprobar como filósofos, escritores, cineastas, artistas de antes de ayer, dejan de tener vigencia en el sistema educativo de hoy. La vida de los vivos sin los muertos sería insoportable, y esta es la paradoja más hermosa con la que me he topado últimamente.

Si solo vivieran los vivos...

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