Febrero 10, 2008 at 12:00 am
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Me planto delante de un cuadro y lo contemplo durante cierto espacio de tiempo; voy a una librería y miro la parte de ensayo (puedo estar horas); leo Esto no es una pipa, incluso cojo notas…pero solo intuyo su significado.
Cómo ignorar a Pollock, pero cómo comprenderlo, cómo no apreciar a Foucault, pero qué decir de él, cómo ir a la librería del CCCB y no echar un vistazo a esos sabios del presente de los que no sabemos nada.
Pienso en la religión, la católica, en su celebraciones, en sus feligreses y, por primera vez, me inspira cierto respeto la fe de algunos que se aferran en creer aquello que no sienten, que no ven y que incluso no profesan, pero que en el fondo les gustaría sentir y comprender y, me veo a mi delante de un cuadro, o una escultura, o frente a un libro y los veo a ellos y, estoy a su vera.
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Febrero 2, 2008 at 12:00 am
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Una obra de arte expresa, evoca, enseña, documenta, pero no habla, o al menos eso pensaba yo hasta que llegué a Roma y empecé a sentir el murmullo de los monumentos: fuentes, esculturas, tumbas, cúpulas…La sensación general era de extrañamiento (cómo si no supieran que han llegado al año 2008, cómo si nadie les hubiera contado cuál es su finalidad en este siglo) y de huida (desaparecer, y quedar en el recuerdo de tantas y tantas cámaras de fotos y videos y lienzos…).Los entendía y cómo no, la inmortalidad cansa, y no tiene sentido cuando no puedes disfrutar en una plaza de la contemplación de una escultura que ha sido creado para ello: ¿Para qué degradar su origen?
Me viene a la mente el protagonista de À Rebours el duque De Esseintes, que abandonado a los placeres de su castillo, decide un día partir a visitar Londres, pero a última hora prefiere perder el barco y permanecer en la taberna: teme no encontrar aquello sobre lo que ha leído, coge sus guías, sus libros de arte y acompañado de un exquisito Jerez camina sentado por la City
Y si la verdadera contemplación ya no es la verdadera, es decir, si el recuerdo pesa más que la visión directa, es decir, y si reconociera que puede desaparecer Roma pero no la Dolce Vita. Quizás viajemos para disfrutar más de nuestras películas favoritas
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