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MARIA ANTONIETA

Esta foto fue tomada hace unos días viajando desde Ámsterdam a Berlín, mientras leía la magnífica biografía de María Antonieta, momento antes de  tropezar con la última carta que la reina dedica a sus hijos y amigos.

Pese a conocer ya el dramático final de María Antonieta -comencemos por el final siempre- no fui capaz de leer de seguido sus últimas palabras. Creo que ha sido la primera vez que he tenido que tomar aliento un par de veces, cerrar el libro, buscar consuelo,  enjugarme las lágrimas otras tantas para continuar leyendo. No cabía la posibilidad de convencerme a mí misma diciéndome es ficción, no ocurrió jamás. Esta vez no. Esta vez iba leyendo línea a línea la carta que había escrito una mujer en su última madrugada, horas previas a su ejecución.

Así es el tiempo de la novelas, un presente continuo. Afortunadamente, esta vez no hubo sincronía con las horas del día y, el sol brillaba radiante para mí, mientras que para ella empezaba a despuntar el alba. Sin embargo, hubo noches de vigilia compartida donde clamores de tambores, gritos y barricadas,  tampoco  me dejaban a mí dormir. Y entonces… entonces ocurría algo maravilloso que sólo la literatura hace posible: el encuentro inesperado de dos fantasmas de distintos siglos (la reina y su escritor) con una lectora de hoy en día en plena noche.

CARTA DE UNA DESCONOCIDA

Tomo prestado el título de la novela de Stefan Zweig para esta nueva entrada porque me viene muy bien para describir ciertos pensamientos que me aturden algunas noches. Este no es otro que el de la muerte. Así, tal cual, a secas, como ella misma. Aprovecho también para maldecir el momento en que se me reveló toda la dureza de este misterio. Tendría yo unos cinco años, tal vez cuatro, por televisión estaban echando una película, que nadie miraba, mi madre estaba planchado, mi padre no sé que estaba haciendo, cuando de repente escuché: «fulanito se ha muerto», y me dije «es la mía, voy a ver ángeles» Imaginaba un rompimiento de gloria y una gran celebración pero en su lugar vi un nicho vacío y un cementerio gris. Lloré desconsolada y mis padres me prometieron vida eterna.

Desde entonces siempre me ha dado miedo y frío morirme, a veces solo me entristece. Epicuro y su idea de «que no hay que temer lo que no se padece» ha calmado algunos desvelos. Me entristece, sobre todo, que cuando esté muerta, no podré recordar cuando yo sentía e imaginaba la muerte. Me acongoja saber que no seré consciente de esos momentos, de angustia y soledad, que revelan mí yo más vivo.

Hace un par de meses leía Carta de una desconocida (1927). La novela cuenta la historia de amor de una mujer joven que acaba de fallecer, y que deja una carta a su amado.La carta no viene firmada, y él no logra recordar de quién se trata. La distancia que separa a sus protagonistas, la que distan entre el mundo de los vivos y los muertos, parece un camino corto en comparación con la que crece, entre el recuerdo y el olvido.  Pero al final (como siempre)

“Su mirada cayó sobre la jarra azul puesta sobre el escritorio. Estaba vacía, vacía por primera vez en su cumpleaños. Se asustó. Fue como si alguien invisible hubiese abierto de repente la puerta y una fría corriente de otro mundo atravesara la habitación. Sintió cerca una muerte y un amor inmortal: algo se extendió por su alma, y se quedó pensando en la amante invisible, inmaterial y apasionada, como en una música lejana”

Me pregunto, si no será que cuando espontáneamente sentimos frío y muerte, es porque alguien nos recuerda desde ese invisible, vacío y silencioso mundo.

Por cierto, la foto que acompaña el artículo es un fotograma de la película que rodó Max Ophüls con Joan Fontaine basada en la novela. Es maravillosa. La recomiendo antes, durante, después o incluso sin lectura…

UN APUNTE

Soy una gran recopiladora de recuerdos insustanciales, de momentos irreverentes que carecen de toda importancia pero que sin embargo, poseen un valor inapreciable para mí por lo sincero, vulnerable y auténticos que suelen ser. Normalmente nos referimos a ellos como “recuerdos tontos”, pero en realidad son pequeñas epifanías cargadas de valor. Muchos provienen de la escuela, de cuando estábamos en clase aburridos haciendo los ejercicios del libro, emborronando nuestro cuaderno. Entonces de repente mirabas al suelo, como podrías haber mirado al techo, y deparabas en que Esther traía un calcetín de cada color.

JOSE MOLINA

Probablemente, el plano más bello de la Historia del Cine.

Probablemente, el plano más bello de la Historia del Cine.

Recuerdo una tarde de un domingo de invierno, de hace ya muchos años, en la que mis hermanas y yo, íbamos de Málaga a Fuengirola en tren. Así lo hacíamos cuando íbamos a visitar a mis primas y mi tía. Ese domingo mi tía estaba algo agorera y, dispuso que mi padre viniera a buscarnos a la estación. Supongo que la imagen de nosotras tres subiendo por esa larga avenida, tan antigua como el mundo, que separaba mi casa de la estación de Cercanías, le llevaba a un imaginario común de niñas desparecidas que le carcomía y angustiaba. Así que llamó a la madre de Q. para que le dijera a mi padre que viniera a buscarnos. No recibiendo la contestación de la vecina (que habría enviado a algunos de sus hijos a dar recado) me dio dinero para coger un taxi.

Al llegar a Fuengirola cogí uno apresuradamente, con cierto egoísmo, a pesar de que el cielo todavía clareaba y el camino no era largo. Al par de minutos, justo en la mitad del camino, vi a mi padre pasar, como ya me había temido nada más cerrar la puerta de aquel coche. Caminaba con elegancia, dando grandes zancadas y con las manos en los bolsillos. Alto y delgado, me recordó a los personajes de las películas del Oeste que veíamos juntos por televisión. Solitario y melancólico, envejecido, vencido y carismático.

-¡Papá! dije.

Pero para cuando me di cuenta, el taxi ya lo había dejado atrás y, no supe, no quise, decirle al malhumorado taxista, que diera la vuelta, que parara, que recogiera a mi padre.

– Pa-pá, volví a decir, pero esta vez algo más bajo y, para mí.

Era la primera vez que lo veía sin que él se diera cuenta de que estaba siendo visto como un hombre cualquiera; un desconocido más, que caminaba con semblante triste y preocupado por las calles de mi ciudad esa solitaria tarde de domingo, como son todos los domingos de inviernos. Con el ceño siempre fruncido y la mirada baja, pensando en cosas misteriosas, vaticinadoras, que yo no comprendía, pues para mí siempre fue un misterio saber adonde le llevaban la profundidad de sus grandes ojos negros.

Mientras la avenida iba vaciándose de comercios y abriéndose a la quietud de los campos ensombrecidos, una honda pena se ciñó también sobre mí. Sonreí a mis dos hermanas para convencerlas «enseguida subirá», les dije. Al cabo de tres o cuatro horas, abrió la puerta de casa, cansado y algo molesto.

¿Cómo habéis subido, Inmaculada?

BOLAS DE CRISTAL

Como otras muchas niñas de mi edad, entre los siete y nueve años, me pasaba horas y horas delante del espejo del cuarto de mis padres, peinándome, mirándome y cantando (presuntamente) en inglés.

Me gustaba mirarme porque al hacerlo descubría detalles del rostro que aún desconocía: una peca o lunar, el color de las pupilas, la forma de la barbilla…Había por supuesto algo de vanidad pero también de reconocimiento personal; ¿esa era yo?, ¿por qué había nacido en mi familia?,¿no era raro que otras personas pudieran ver mi rostro más veces que yo?, ¿algún día sería cantante o, tendría un futuro tan atractivo como el de las niñas rubias que veía por televisión?

Estas y otras preguntas lanzaba a aquel espejo redondo como si, en vez de ser un espejo de tocador, se tratara de una gran bola de cristal que nunca se cansaba de mirarme. Pero una vez mientras pintábamos la casa, mi madre lo cubrió con una sábana, me senté encima pensado que sólo lo hacía en la cama y lo rompí, rompiéndose de esta forma mi incipiente y fructífero narcisismo.

Empecé a buscarme en espejos ajenos, de familiares y amigos, y de paso también, en escaparates, cristaleras o cualquier superficie plana que reflejará mi tímido rostro…Pero ya nunca fue lo mismo, el eco de las voces de los demás se mezclaba con la mía haciendo a esta casi irreconocible.

I LOUVRE THE PRADO

Empecé el año escribiendo un nuevo blog en un intento de no abandonar -mi- historia del arte. Aún no está del todo definido, pero tal vez os interese ver cómo lo voy perfilando. Escribo un poquito de arte y de cine. También me he dejado seducir por la jovialidad y banalidad, y le he creado una página de facebook

Comencemos por el final continuará abierto, como una vieja máquina de café en una biblioteca nocturna, cuyo café no nos hace efecto pero necesitamos…

Saludos,

Inma

Comienzos que se quedaron sin finales

El otro día caí en la cuenta de que llevo casi seis años escribiendo este blog. No es fácil, intento que cada entrada se impregne un poco del sentimiento que me empujó a escribir ese artículo, y que además tenga cierta coherencia y atractivo para quien lo lea. Al final, he acabado con una buena colección de párrafos descartados, (tal vez el nombre del blog debería ser el título de este post) que en su momento no supe cómo finalizar o, simplemente olvidé.

Sea como fuere hoy he querido rescatar algunos. Que el azar, como decía Duchamp y un buen amigo mío, los termine.

28 de marzo del 2007

Cuando murió mi perra sufrí un pequeña crisis existencial de carácter cuasi religioso. No entendía -realmente- porque ella estaba condenada a morir sin tener conciencia de ello.

Recordé que en La insoportable levedad del ser había un capítulo dedicado al fallecimiento de un perro. Volví a releer el libro para encontar alguna respuesta  a mi sentimiento y hallé una explicación: sufrimos la perdida de nuestros animales queridos porque, como ellos no fueron expulsados del Paraíso, no comprendemos su muerte

Lo pintoresco I 8 de diciembre del 2009

Hoy quiero hablar de apacibles paisajes que calman el desasosiego de esos lánguidos anocheceres y días turbios.

Es en esos momentos cuando me gusta imaginar paseos por bosques austenianos, ventanas con lectores que apaciblemente leen mientras cae una débil lluvia que los distrae, sólo de vez en cuando, de su lectura.
En días como hoy, me gusta observar desde mi cocina, como se mojan los árboles, como las calles de mi niñez encharcadas me devuelven mis pasos…
En días como hoy pienso…

Lo pintoresco II 25 de diciembre del 2009

Hace tiempo hable aquí sobre de cómo el arte nos pone en bandeja una galería de sentimientos que apenas conocemos, pero que gracias a la profundidad con la que son contados llegamos a imaginar, experimentar y finalmente hacer nuestros. A mi me pasó con Secretos de un matrimonio de Igmar Bergam, experimenté una especie de pavor que con el tiempo, lejos de abandonarme, se ha convertido en un recuerdo lejano pero íntimo.

Atlas 10 de septiembre 2011

Las despedidas más triste que jamás viví transcurrieron mientras dormía. De otra manera no hubiesen sido posibles, no solo por la expulsión de estos seres de nuestro espacio tiempo, sino también porque no se hubiese dado la oportunidad y, de haberse dado, yo no habría podido soportarlo, al menos con palabras. Durante el sueño nos abandonamos…

ADIÓS NOVIEMBRE

Ahora entiendo que la niebla sea el recurso cinematográfico por excelencia para expresar los sueños, las regresiones o incluso las prospecciones. La falta de visibilidad que ésta genera, hace que perdamos la más elemental noción del tiempo, (¿de día o de noche? ¿1996 o 2011?), arrastrándonos de esta forma, a una especie de limbo poblado por adultos que vagan del presente al pasado, entre fantasmas y coetáneos, despreocupadamente. Propicia además, ese verídico tiempo irreal que experimentamos cuando leemos libros de otros siglos: consiguiendo que ignoremos las coordenadas espacio temporales del momento, y que seamos capaces de perfilar rostros que el tiempo desdibujó.

Todo esto que lleva consigo la niebla me hizo pensar, no sólo cómo el clima determina nuestro día a día con diligencia según su capricho (si llueve, si hace sol, si nieva) sino también hasta qué punto empapa mi historia sentimental, invitándome a menudo a la contemplación y al recuerdo.

Soy capaz de recoger a través del frío, la humedad y la luz de una tarde de diciembre, otra que pasó tiempo atrás. No hablo de fechas claves, ni de comentarios fortuitos que te llevan al rescate del recuerdo, sino de la simple percepción de la temperatura, humedad u olor que arrastra el aire… Mi memoria climática suele transportarme a un día cualquiera del pasado que me pasó, además, inadvertido.

Amsterdam lleva días entre nieblas, y nunca antes me había sentido tan cerca de todos mis fantasmas.

 

Días de cine

Hiroshi Sugimoto Autocine en San Bernardino,1993

Hiroshi Sugimoto Autocine en San Bernardino,1993

Es en una butaca de cine donde he experimentado lo que significa perder el tiempo con toda la crudeza y existencialismos posibles.

No existe nada que me haga tomar más conciencia de todo el tiempo perdido, y del que estoy perdiendo, que cuando me encuentro mirando una mala película. Mala y pretenciosa, porque si es mala o, pretenciosa da igual. Pero a la vez, no puedo soportarlo. Empiezo a impacientarme por la hora, minutos y segundos que llevo delante de la pantalla y, de paso me da tiempo también, a arrepentirme por las tardes vacías, los paseos tontos e incluso de las visitas que hice a algún que otro centro cultural.

Puede que no sea sólo coincidencia, ya que tiene cierta lógica que sea en el cine, o en un concierto o exposición, y no en la cola del supermercado, donde tomemos conciencia y experimentemos un profundo malestar acerca de cómo invertimos nuestro tiempo, pues son, justamente, las obras de arte las que nos hacen más atractiva, interesante y sustancial la vida.

Decía Godard, en otro orden de cosas: “El día a día hace las formas, y el arte las libera”. Lo que me hace pensar que, lo que yo experimento frente a una mala película es justo lo contrario a esto. Es decir si el arte (la mala película) me subraya el día el día, es que algo va mal. (O que se trata de una película neorrealista, pero eso sí que es otra historia)

El moderno flautista de Hamelín

Si en la entrada anterior mencionábamos que el comienzo del sueño altera nuestra percepción acerca de las buenas y malas ideas, en mi caso, la música en directo inyecta una especie de veneno que alimenta la aspiración, y el entusiasmo necesario para llevar a cabo los proyectos que se esconden entre los objetos cotidianos.

Mientras dura el concierto, el destino se esclarece, se ilumina e incluso se corrige ofreciéndonos una nueva oportunidad, no solo para cambiar de ruta, sino también para tomar un atajo. Pero para ello es imprescindible que el concierto sea medianamente bueno, y que el encanto derramado por el flautista se prolongue más allá de las puertas de la sala, y no se quede en la barra del bar, mientras planeas como conquistar parejas ajenas.

El hechizo te tiene que durar, por lo menos, hasta que llegues al portal de casa. Si te acompaña en el ascensor y entra contigo a casa, el concierto fue bueno. Si además a la mañana siguiente desayuna contigo, fue todo un éxito.

Y es que no hay nada tan evocador, inspirador o motivador como ver cómo se lleva a cabo un proyecto y más si es ahí, encima de escenario, a corazón abierto, sin red visible. Es una pena que las demás artes (al menos las que a mi más me gustan) no sean tan exhibicionistas.

A Laetitia Sadier, Nacho Vegas, Sam Amidon y Luis