Skip to content

un apunte

Soy una gran recopiladora de recuerdos insustanciales, de momentos irreverentes que carecen de toda importancia pero que sin embargo, poseen un valor inapreciable para mí por lo sincero, vulnerable y auténticos que suelen ser. Normalmente nos referimos a ellos como “recuerdos tontos”, pero en realidad son pequeñas epifanías cargadas de valor. Muchos provienen de la escuela, de cuando estábamos en clase aburridos haciendo los ejercicios del libro, emborronando nuestro cuaderno. Entonces de repente mirabas al suelo, como podrías haber mirado al techo, y deparabas en que Esther traía un calcetín de cada color.

José Molina

Probablemente, el plano más bello de la Historia del Cine.

Probablemente, el plano más bello de la Historia del Cine.

Recuerdo una tarde de un domingo de invierno de hace ya muchos años en la que mis hermanas y yo íbamos de Málaga a Fuengirola en tren. Así lo hacíamos cuando íbamos a visitar a mis primas y mi tía. Ese domingo mi tía estaba algo agorera y, dispuso que mi padre viniera a buscarnos a la estación. Supongo que la imagen de nosotras tres subiendo por esa larga avenida, tan antigua como el mundo, que separaba mi casa de la estación de Cercanías, le llevaba a un imaginario común de niñas desparecidas que le carcomía y angustiaba. Así que llamó a la madre de Q. para que le dijera a mi padre que viniera a buscarnos. No recibiendo la contestación de la vecina (que habría enviado a algunos de sus hijos a dar recado) me dio dinero para coger un taxi.

Al llegar a Fuengirola cogí uno apresuradamente, con cierto egoísmo, a pesar de que el cielo todavía clareaba y el camino no era largo. Al par de minutos, justo en la mitad del camino, vi a mi padre pasar, como ya me había temido nada más cerrar la puerta de aquel coche. Caminaba con elegancia, dando grandes zancadas y con las manos en los bolsillos. Alto y delgado, me recordó a los personajes de las películas del Oeste que veíamos juntos por televisión. Solitario y melancólico, envejecido, vencido y carismático.

-¡Papá! dije.

Pero para cuando me di cuenta, el taxi ya lo había dejado atrás y, no supe, no quise, decirle al malhumorado taxista, que diera la vuelta, que parara, que recogiera a mi padre.

– Pa-pá, volví a decir, pero esta vez algo más bajo y, para mí.

Era la primera vez que lo veía sin que él se diera cuenta de que estaba siendo visto como un hombre cualquiera; un desconocido más, que caminaba con semblante triste y preocupado por las calles de mi ciudad esa solitaria tarde de domingo, como todos los domingos de inviernos son. Con el ceño siempre fruncido y la mirada baja, pensando en cosas misteriosas, vaticinadoras, que yo no comprendía, pues para mí siempre fue un misterio saber adonde le llevaban la profundidad de sus grandes ojos negros.

Mientras la avenida iba vaciándose de comercios y abriéndose a la quietud de los campos ensombrecidos, una honda pena se ciñó también sobre mí. Sonreí a mis dos hermanas para convencerlas “enseguida subirá” les dije. Al cabo de tres o cuatro horas, abrió la puerta de casa, cansado y algo molesto.

¿Cómo habéis subido, Inmaculada?

Bolas de cristal

Como otras muchas niñas de mi edad, entre los siete y nueve años, me pasaba horas y horas delante del espejo del cuarto de mis padres, peinándome, mirándome y cantando (presuntamente) en inglés.

Me gustaba mirarme porque al hacerlo descubría detalles del rostro que aún desconocía: una peca o lunar, el color de las pupilas, la forma de la barbilla…Había por supuesto algo de vanidad pero también de reconocimiento personal; ¿esa era yo?, ¿por qué había nacido en mi familia?,¿no era raro que otras personas pudieran ver mi rostro más veces que yo?, ¿algún día sería cantante o, tendría un futuro tan atractivo como el de las niñas rubias que veía por televisión?

Estas y otras preguntas lanzaba a aquel espejo redondo como si, en vez de ser un espejo de tocador, se tratara de una gran bola de cristal que nunca se cansaba de mirarme. Pero una vez mientras pintábamos la casa, mi madre lo cubrió con una sábana, me senté encima pensado que sólo lo hacía en la cama y lo rompí, rompiéndose de esta forma mi incipiente y fructífero narcisismo.

Empecé a buscarme en espejos ajenos, de familiares y amigos, y de paso también, en escaparates, cristaleras o cualquier superficie plana que reflejará mi tímido rostro…Pero ya nunca fue lo mismo, el eco de las voces de los demás se mezclaba con la mía haciendo a esta casi irreconocible.

I louvre the prado

Empecé el año escribiendo un nuevo blog en un intento de no abandonar -mi- historia del arte. Aún no está del todo definido, pero tal vez os interese ver cómo lo voy perfilando. Escribo un poquito de arte y de cine. También me he dejado seducir por la jovialidad y banalidad, y le he creado una página de facebook

Comencemos por el final continuará abierto, como una vieja máquina de café en una biblioteca nocturna, cuyo café no nos hace efecto pero necesitamos…

Saludos,

Inma

Adiós noviembre

Ahora entiendo que la niebla sea el recurso cinematográfico por excelencia para expresar los sueños, las regresiones o incluso las prospecciones. La falta de visibilidad que ésta genera, hace que perdamos la más elemental noción del tiempo, (¿de día o de noche? ¿1996 o 2011?), arrastrándonos de esta forma, a una especie de limbo poblado por adultos que vagan del presente al pasado, entre fantasmas y coetáneos, despreocupadamente. Propicia además, ese verídico tiempo irreal que experimentamos cuando leemos libros de otros siglos: consiguiendo que ignoremos las coordenadas espacio temporales del momento, y que seamos capaces de perfilar rostros que el tiempo desdibujó.

Todo esto que lleva consigo la niebla me hizo pensar, no sólo cómo el clima determina nuestro día a día con diligencia según su capricho (si llueve, si hace sol, si nieva) sino también hasta qué punto empapa mi historia sentimental, invitándome a menudo a la contemplación y al recuerdo.

Soy capaz de recoger a través del frío, la humedad y la luz de una tarde de diciembre, otra que pasó tiempo atrás. No hablo de fechas claves, ni de comentarios fortuitos que te llevan al rescate del recuerdo, sino de la simple percepción de la temperatura, humedad u olor que arrastra el aire… Mi memoria climática suele transportarme a un día cualquiera del pasado que me pasó, además, inadvertido.

Amsterdam lleva días entre nieblas, y nunca antes me había sentido tan cerca de todos mis fantasmas.

 

Días de cine

Hiroshi Sugimoto Autocine en San Bernardino,1993

Hiroshi Sugimoto Autocine en San Bernardino,1993

Es en una butaca de cine donde he experimentado lo que significa perder el tiempo con toda la crudeza y existencialismos posibles.

No existe nada que me haga tomar más conciencia de todo el tiempo perdido, y del que estoy perdiendo, que cuando me encuentro mirando una mala película. Mala y pretenciosa, porque si es mala o, pretenciosa da igual. Pero a la vez, no puedo soportarlo. Empiezo a impacientarme por la hora, minutos y segundos que llevo delante de la pantalla y, de paso me da tiempo también, a arrepentirme por las tardes vacías, los paseos tontos e incluso de las visitas que hice a algún que otro centro cultural.

Puede que no sea sólo coincidencia, ya que tiene cierta lógica que sea en el cine, o en un concierto o exposición, y no en la cola del supermercado, donde tomemos conciencia y experimentemos un profundo malestar acerca de cómo invertimos nuestro tiempo, pues son, justamente, las obras de arte las que nos hacen más atractiva, interesante y sustancial la vida.

Decía Godard, en otro orden de cosas: “El día a día hace las formas, y el arte las libera”. Lo que me hace pensar que, lo que yo experimento frente a una mala película es justo lo contrario a esto. Es decir si el arte (la mala película) me subraya el día el día, es que algo va mal. (O que se trata de una película neorrealista, pero eso sí que es otra historia)

El moderno flautista de Hamelín

Si en la entrada anterior mencionábamos que el comienzo del sueño altera nuestra percepción acerca de las buenas y malas ideas, en mi caso, la música en directo inyecta una especie de veneno que alimenta la aspiración, y el entusiasmo necesario para llevar a cabo los proyectos que se esconden entre los objetos cotidianos.

Mientras dura el concierto, el destino se esclarece, se ilumina e incluso se corrige ofreciéndonos una nueva oportunidad, no solo para cambiar de ruta, sino también para tomar un atajo. Pero para ello es imprescindible que el concierto sea medianamente bueno, y que el encanto derramado por el flautista se prolongue más allá de las puertas de la sala, y no se quede en la barra del bar, mientras planeas como conquistar parejas ajenas.

El hechizo te tiene que durar, por lo menos, hasta que llegues al portal de casa. Si te acompaña en el ascensor y entra contigo a casa, el concierto fue bueno. Si además a la mañana siguiente desayuna contigo, fue todo un éxito.

Y es que no hay nada tan evocador, inspirador o motivador como ver cómo se lleva a cabo un proyecto y más si es ahí, encima de escenario, a corazón abierto, sin red visible. Es una pena que las demás artes (al menos las que a mi más me gustan) no sean tan exhibicionistas.

A Laetitia Sadier, Nacho Vegas, Sam Amidon y Luis

 

Mientras te dormías

Ayer tuviste una idea genial mientras te quedabas dormido pero hoy, al despertarte, no recuerdas nada. No es la primera vez que te pasa, y tampoco será la última vez que te reproches no haber encendido la (maldita) lámpara, y apuntado la genialidad. Pero claro, no tenías un cuaderno en la mesita de noche. El sueño te vencía y confiaste en tu memoria.

La próxima vez hazlo. Escribe esa idea donde puedas, en el libro, en la sábana, donde pilles y te darás cuenta, cuando te levantes a la mañana siguiente,  que esa idea tan buena que se te ocurrió mientras te dormías, te pareció una gran idea, precisamente por eso, porque te estabas quedando dormido.

Verano y (des)amor

Se dice, se comenta, que el final del verano supone también el final de muchos matrimonios. En vacaciones, maridos y mujeres, tienen más tiempo para compartir, para estar juntos, y en definitiva, para conocerse mejor. Pero al finalizar agosto, acaban no queriendo saber nada el uno, del otro. Hasta hace poco lo encontraba lógico. Pero entonces, me llegó el rumor de una ola al romper…

Hace bastante tiempo vi una película preciosa titulada “Pleno verano”. Alguna vez me vienen a la memoria imágenes de una de sus protagonistas. En concreto, de cuando se despertaba y se desperezaba siguiendo la melodía de Sunday Morning, mientras la luz clara de la mañana llenaba su habitación de olores, de sonidos y suavidad epidérmica. Toda esa sensualidad se colaba en nuestra sala de cine, ese frío y lluvioso mes de noviembre. Justo como se ha colado ahora en mi bolso de playa el libro del verano: “Verano y amor” de William Trevor, aunque todavía no haya abierto una página.

Perdonen, alguien se acerca…

– ¿Te importaría vigilar mi toalla? Es que voy a darme un baño

– Sí,  sí claro no se preocupe (pero intente no echar tanta arena… Qué manera de espurréala, señora)

…Como iba diciendo, el verano sabe a primeros besos, cigarrillos, sueños…Y a lo que imaginábamos que podría haber sido pero finalmente no sucedió.

Esperen, más arena, no hay quien se relaje…

-Agua, coca-cola, fanta, cerveza. Agua, coca-cola, fanta, cerveza, patatas…

-Una light por favor.

…Pues eso, que el verano es tan sensual, onírico y  jovial que el continuo murmullo de olas al romper hace evocar nuevamente esos pensamientos, y peligrar las actuales historias de amor: acercando el lejano horizonte de la adolescencia y alejando la cercana orilla que ahora pisamos.

-¿Te vienes al agua?
-Sí, ahora voy, un segundo.

Me besaron en la playa siendo todavía una adolescente, lejos de todo rompeolas, tal día como hoy, hace ya unos cuantos años…

-!Pero mira qué está buena el agua hoy…!

-Agua, coca-cola, fanta, cerveza. Agua, coca-cola, fanta, cerveza, patatas,

All my love for Jesus Gollonet, my dearest constant

Piscinas Pop


Este verano la piscina podría volver a ser ese receptáculo de promesas no cumplidas en el que nadarían tranquilamente los anhelos. El lugar donde la Melancolía pondría a remojo sus lánguidos y largos cabellos presa de la desidia, o cansancio, que traen las calurosas horas del mediodía. Donde la ninguneada pero altiva Aspiración esperará impaciente, un verano más, a ser liberada del fondo para así pasear y presumir de esplendoroso cuerpo por el jardín…

Las piscinas… Planas, azules, profundas, meditabundas, silenciosas, históricas, oníricas y camaleónicas. Pero especialmente  hermosas, soñolientas y quejumbrosas. El refugio idóneo donde ocultar ese proyecto que después de tantos veranos bajo agua, aprendió a nadar y a subirse solo por el bordillo de la piscina, mientras tú  tomás el sol, contemplabas somnoliento las noches de agosto o, te íbas de fiesta…

Piscinas que, como las de Ed Ruscha, también muestran su lado desafiante y tenebroso – como si se tratasen de pozos de perenne despropósito- y te invitan a romper tu reflejo en el agua, para que deje de ser eso, un reflejo en la superficie.

He de reconocer que no dan ganas de sumergirse en esas mansas aguas y nadar solo entre anhelos, miedos y sueños. Pero este año, los míos, permanecerán en el fondo, en la parte más honda y oscura de la piscina, donde no pueda tocarlos con el pie.

Me lanzo a la piscina muerta de miedo esperando que, pronto, tal vez el verano que viene, las gotas de mi inconsciente zambullida les salpiquen. Empiezo a nadar escribiendo el primer capítulo de mi novela.