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Piscinas Pop


Este verano la piscina podría volver a ser ese receptáculo de promesas no cumplidas en el que nadarían tranquilamente los anhelos. El lugar donde la Melancolía pondría a remojo sus lánguidos y largos cabellos presa de la desidia, o cansancio, que traen las calurosas horas del mediodía. Donde la ninguneada pero altiva Aspiración esperará impaciente, un verano más, a ser liberada del fondo para así pasear y presumir de esplendoroso cuerpo por el jardín…

Las piscinas… Planas, azules, profundas, meditabundas, silenciosas, históricas, oníricas y camaleónicas. Pero especialmente  hermosas, soñolientas y quejumbrosas. El refugio idóneo donde ocultar ese proyecto que después de tantos veranos bajo agua, aprendió a nadar y a subirse solo por el bordillo de la piscina, mientras tú  tomás el sol, contemplabas somnoliento las noches de agosto o, te íbas de fiesta…

Piscinas que, como las de Ed Ruscha, también muestran su lado desafiante y tenebroso – como si se tratasen de pozos de perenne despropósito- y te invitan a romper tu reflejo en el agua, para que deje de ser eso, un reflejo en la superficie.

He de reconocer que no dan ganas de sumergirse en esas mansas aguas y nadar solo entre anhelos, miedos y sueños. Pero este año, los míos, permanecerán en el fondo, en la parte más honda y oscura de la piscina, donde no pueda tocarlos con el pie.

Me lanzo a la piscina muerta de miedo esperando que, pronto, tal vez el verano que viene, las gotas de mi inconsciente zambullida les salpiquen. Empiezo a nadar escribiendo el primer capítulo de mi novela.

 

Promesas y estanterías

Hubo libros que cuando los compré ya sabía que acabarían acumulando el polvo de las ciudades. Sin embargo, en el momento de compra son irresistibles objetos de deseo que te prometen sabiduría y agradables veladas de recogimiento y esparcimiento.

Pero este capricho o impulso intelectual, acaba convirtiéndose en un triste panorama que te recuerda de vez en cuando tus (des)propósitos. De ahí que a veces tenga cierto reparo en otear a las bibliotecas ajenas porque donde unos creen reconocer el gusto del morador, yo solo veo –en algunos casos- frustraciones y aspiraciones.

Y es que algunos de mis libros acabaran finalmente apoltronados en estanterías, que, como si de una de placa conmemorativa se tratara, me recordaran que en tiempos pretéritos hubo alguien importante del que apenas, supe, ni sé y ni sabré nada. Y es precisamente ese carácter enigmático lo que atrae mi curiosidad, pero también saber que estarán ahí de forma continuada lo que la frena

Preferimos estanterías llenas de libros a vacías. Supongo que como en la religión, la sabiduría también es una cuestión de fe: creemos en aquello que no vemos, que no entendemos y que no leemos. Pero ambos están ahí desde que el tiempo es tiempo, y eso en el fondo es lo que nos consuela.

El tiempo que no perdimos

Más de una vez ante un cuadro me he debatido entre permanecer el tiempo estipulado o, quedarme el que imagino merece la pintura.

Al final siempre abandono con un resquicio de culpabilidad y una leve frustración por haber sucumbido al tiempo estipulado: siempre hay más cuadros por mirar, sitios que visitar, preguntas que responder y ningún banco donde sentarse. Además, si desde un principio no encuentro una justificación sincera para quedarme ahí parada, prefiero marcharme antes que obligarme a adoptar una pose impostada, que tenga poca correspondencia con el grado de embelesamiento que requiere la pintura.

El recuerdo más vivo que tengo es el de una plácida mañana de primeros de marzo en la Academia de Bellas Artes de Venecia, frente a La Tempestad de Giorgione. Ahí estaba yo, mirando enmudecida aquella pintura que años atrás me había quitado el sueño una calurosa madrugada de agosto. Sin embargo, no permanecí frente al cuadro el tiempo que había imaginado estar, el tiempo que se supone debía haber estado, dado que me hallaba frente a él, por vez primera. Y no es que me hubiera defraudado. Como siempre, enfrascada en mi particular batalla acerca de lo conveniente o no de quedarse, abandoné la sala con sentimientos de arrepentimiento y culpabilidad.

Normalmente cuando esto ocurre sigo mirando la obra, desde otra obra, desde la otra punta de la sala; la panorámica no es tan buena, pero no interrumpe la contemplación.  Alarga el placer (o la agonía) y, me permite contemplar desde la distancia el cuadro como cuadro, y no como pintura, arte o historia. Si, por el contrario, he abandonado precipitadamente una obra considerada maestra, vuelvo sobre mis pasos.

Como no podía mirar de soslayo el cuadro y además se trataba de una obra maestra, volví al pequeño habitáculo donde reposaba La Tempestad.  Tuve un pensamiento claro: prefería recordar la pintura que memorizarla, llevarme una impresión que una lección. De alguna manera intuía, que ese cuadro no había sido pintado para ser mirado, sino más bien para ser recordado. Así que, sin ningún tipo de miramientos, me marché. Me marché para recordar el recuerdo que se me estaba mostrando. Y es que Giorgione, como más tarde supe, no estaba pintando lo que se veía sino lo que se recordaba.

¿Y no es acaso eso el tiempo que no perdimos con un ser querido lo que más lamentamos cuando ha desaparecido?  ¿No es acaso el recuerdo de lo que no pasó lo que más atormenta? El apreciado tiempo adquiere especial valor, no cuando lo aprovechamos, sino cuando sabemos cómo perderlo.

Rememoro y me regocijo en las tardes y noches que pasé en balde, aquellas en que sabía cómo perder fructíferamente el tiempo.

Two Lovers

Decía Alfred Hitchcock que si nuestros muertos volviesen, no sabríamos muy bien qué hacer con ellos…Nunca compartí esa sentencia, hasta que hace un par de meses me topé con una película (Two Lovers) que me reavivó un sentimiento que creía olvidado, y desenfocado.

Hallar y perder el objeto deseado a la vez, rozarlo y nunca más volver a hacerlo. Pero haber sido también alguna vez ese objeto de deseo, quedar rendida ante tan sincero amor para, finalmente, huir de tan profundo y oscuro sentimiento, como quien huye de un cementerio, con ese sentimiento de querer vivir porque los demás están muertos. Decía un buen amigo que el adverso del amor era la muerte, nunca quise entenderlo…

Así que probablemente, el maestro, tenga razón y no deberíamos dejar rastro alguno a los que un día se fueron porque… ¿Han pensado qué harían si volvieran aquellos por los que en algún momento hubiesen muerto?

 

Ordalías

Cuando empecé a deambular por los ambientes indies de mi ciudad natal, solía imaginarme una especie de juicio final donde todos los alternativos entendedores de música serían juzgados por sus pretendidos gustos musicales. El juicio se celebraría en la plaza de la Merced y un notario (emulando a un cristo en majestad), leería en voz alta qué grupos o músicos eran los verdaderos, de entre los falaces, y qué fieles dignos de tal música.

Me regocijaba imaginando los músicos que no estarían en la “lista de los elegidos a pasar a la historia” pero, sobre todo, imaginando la cara de circunstancia de algunos de sus más fieles seguidores, postrados ante las mismísimas puertas del cielo pidiendo clemencia. Aún me da la risa, y eso que yo tampoco estaría entre los elegidos.

De hecho, si echo la vista atrás, puedo verme en más de una ocasión hablando de aquello que no entiendo, mencionando títulos que no he leído o, defendiendo una postura política que tiempo atrás dejó de existir. Es difícil no intentar ocultar las lagunas que se tiene en los campos que a uno más le interesan. Llámalo orgullo, amor propio o simple vergüenza.

Yo, por si acaso, rezo cada noche para que nunca me visite San Miguel dispuesto a pesar las páginas de todos los libros que no leí pero, sobre todo, de aquellos que no volví a abrir y perecieron en la biblioteca


A Miguel, a cuyo juicio invisible y secreto siempre me someto.

Aburrimiento académico

A veces me pregunto porqué nunca he tenido la valentía de levantarme y abandonar una conferencia tediosa, una clase aburrida o una obra de teatro soporífera, con lo sencillo que sería levantarme -sobre todo si es un auditorio grande- y marcharme y no escuchar más discursos vacíos y reiterativos, interpretaciones desvaídas, o clases que zarparon hacia ninguna parte, o lugar. No, eso no. Ahí me quedo yo, pasmada, intentando dar sentido a lo que no, esperando un giro inusitado del discurso que de valor a lo dicho. A veces aparece, pero otras no.

Lo curioso es que casi nunca salgo con la sensación de haber perdido el tiempo, sí, removida, agitada, y, a veces, algo triste. Lo que me hace pensar en un concepto que leí, hace ya tiempo, en “El cine según Hitchcock”, donde Truffaut sacaba a relucir la noción de “películas enfermas” para referirse a parte de la filmografía de Hitchcock que se alejaban de la maestría del genio y, que la crítica más denostó. Para él, estas películas, sin embargo, eran tanto más profundas que sus clásicas porque permitían observar, por un lado, digamos en sentido metafórico, el dibujo que escondía la pintura, y por otro, al ser más sinceras (que no menos artificiosas) eran un tanto más fáciles de allanar, perpetrar, aprender…

No sé, creo que no llego a abandonar la sala porque sale a relucir mi verdadero espíritu, el que lucha contra el tedio, la mediocridad y el aburrimiento diario que ofrece la vida, pero también el que siempre está a la espera de algo mejor, lo cual aparece más a menudo de lo que uno pueda creer. Porque a decir verdad, ¿por qué tengo más firmemente en la memoria las malas conferencias que las buenas? De hecho, al final, fueron de las que más aprendí.

Si es que ya lo decía Truffaut, te permiten ver más claramente.

Mirar pintura

Aunque a veces he estado tentada de comprarme uno de esos libros de arte que llevan por título cómo mirar (interpretar, saborear o deliciosear) un cuadro, nunca lo hecho. Y puede resultar paradójico porque, por un lado, siempre me ha parecido que en tan pocas y bonitas páginas no se puede explicar algo tan complejo, y por otro lado, tenía miedo de enfrentarme a la verdad: no saber interpretar un cuadro y, lo que es peor, una vez descubierto que así es, no tener ganas de cambiar el vicio de mirar cómo siempre he mirado, aunque eso suponga dejarme lo importante y primordial.

Pero es que a veces estoy enfrente de un cuadro y no veo ni colores, ni formas, ni tema: sólo tiempo, es decir, el pesar de los siglos que se agolpan a mis espaldas produciéndome la sensación de que me encuentro al filo de la historia, caminado por su vértices, sus límites, contemplando desde la cima los claroscuros de las épocas que me anteceden y me precederán. A un lado, quedan las escenas mitológicas, de batallas, de caza, los cielos velazqueños o incluso el lapislázuli de van der Weyden… Yo sólo veo tiempo, recogido, enmarcado y laureado.

En lugar de perspectiva, técnica y composición,  sólo veo un tiempo histórico, íntimo e imaginario. Ese tiempo histórico (tan común, por otro lado, en los viejos monumentos o ciudades -tengo seres queridos que vivirán permanentemente en las ciudades que visité antes de que perecieran-) empuja al presente quedando éste relegado a lo esencial de la noción del tiempo: la hora de cierre del museo.

Mirando las pinturas no sólo revivo el fantasma del pintor, sino también a los míos que se acoplan de forma tan natural a mi andar que apenas me percato de su presencia hasta que abandono el lugar, y a ellos.

Es por eso que no leo cómo leer pintura por temor a perder a esos viejos fantasmas que permanecerán y des-permanecerán eternamente, como el azul oscuro que ahora contemplo.

Para Jesús

Inspiracionismo

Abramos la caja de Pandora y saquemos de ahí al primo hermano del Apropiacionismo, el Inspiracionismo, que lejos de aniquilar el valor estético de la obra de arte (proceso que realiza el Apropiacionismo a través del plagio y la copia), intenta, por el contrario, intensificar o alargar, el deleite que provoca la contemplación de ésta, a través de la inspiración casi literal del motivo principal, diferenciándose original y copia  -sólo- en pequeños detalles que mejoran, a nuestro íntimo parecer, la obra: un mal trazo, un color sobrante, un personaje aburrido, una banda sonora fuera de tono, un cambio de formato….detalles que de estar o no estar, harían que la obra fuese redonda más que cuadrada.

Como práctica íntima o de grupúsculos, el Inspiracionismo, se desvincula parcialmente de la figura del crítico, donde éste abre brechas, el inspiracionismo las cierra, en la medida de sus posibilidades. Depende exclusivamente de tu destreza, talento o capital, el mejoramiento de aquello que resta valor a la obra que lees, contemplas, escuchas, tocas, palpas, hueles…

No pretendemos pintarles unos bigotes a la Monalisa (aunque sea imposible no tener a Duchamp como referente), dado que latentemente nuestra pretensión es, sobre todo, romántica: mecernos en la plenitud de la obra de arte eternamente, como el polvo que se posa en el Gran Vidrio.

Quizá sea la ansiedad que me despierta la muerte, pero me entristece saber que Doctor en Alaska llega a su fin. Apología de lo infinito

El sueño de una noche de verano

Descansa en mi maleta esperando a ser rescatado de la olvidadiza y volátil intención, una de estas cálidas y sempiternas noches de verano que, sin embargo, pronto desvanecerán. Rendida, pues, ante la idoneidad de tan sugerente título (que invita a encontrar la oportunidad perfecta de iniciar su lectura), me sumerjo en mi particular travesía de buscar rastros invernales los mediodías de agosto.

Propósito que consigo, no sólo través de la literatura, el cine o la televisión (supongo que como muchos, padezco melancolía estacional y disfruto más del paisaje invernal los mediodía de agosto) sino también a través del recuerdo de –casi- lejanas noches de mi adolescencia, cuando muy de madrugada, el agua oscura y fría de las piscinas nos hacían tiritar.

Entonces, me quedaba dormida contemplando la histórica y estrellada noche, imaginando antepasados y descendientes, pensando en la boca de él y proyectando una feliz carrera, hasta que cruzaba el aire un avión que me sacaba de mi solitaria ensoñación (cual águila) y me sumergía en otro delicioso sueño.

Si mi biblioteca ardiera esta noche…

Si empezara a arder por ejemplo desde abajo, arrasaría con el vago recuerdo de vaporosos decorados Rococo, sepultaría del todo el arco de herradura del primer románico peninsular y olvidaría lo que significó el Suprematismo ruso y el pobre Duchamp. Si el fuego continuará extendiéndose hacía la izquierda, Javier Marías quedaría por siempre jamás desterrado en Londres y Tolstoi en Siberia, Filemon y Baucis no serían frondosos árboles que se acarician en los días de viento, y la tristeza de toda una tarde no quedaría recogida en la frente de una hermosa dama.

Si el fuego avivase, Greta Garbo nunca subiría al tren que la condujo de San Petersburgo a Moscú, Cary Grant no salvaría a Ingrid Bergman de un triste envenenamiento y Woody Allen finalmente se habría ido a vivir a Los Ángeles.

Tampoco el fuego permitiría que Laetetia Sadier hubiese cantado alguna vez a los soviets, Devendra Banhart a la luna y Daedelus no homenajearía a Icarus. Chris desde la K-Oso no daría voz a todas nuestras semiocultas y tristes melancolías rodeadas de ensoñados paisajes invernales (¡Cuántas auroras boreales hubiesen quedado desterradas!).

Si mi biblioteca ardiera esta noche rendiría homenaje a un viejo amigo que me enseñó lo que significa una biblioteca propia, de uno. Aquí un verso de Luis Rosales que un día me escribió: “Y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo porque todo es igual y tú lo sabes”.

Por último si mi biblioteca ardiera esta noche (todo y nada se llevaría, porque la ficción como el recuerdo, no habita ni se guarda en estanterías) recogería sus cenizas y las guardaría como testigo de aquello que alguna vez conocí, sentí y leí.