inconclusión

Rara vez tras finalizar una lectura o una película experimentamos un sentimiento cercano a la purificación. Lo visto o leído remueve nuestros sentimientos, los agita y los purifica y, tras unas cuántas lágrimas (si es que las hubo) desaparece un complejo, un miedo, una angustia…

A mi me pasó hace mucho tiempo con una película de Billy Wilder, “Bésame tonto”. Había dos mujeres y dos hombres ,completamente distintos, que por un día intercambia los papeles, pero sin arrastrar las consecuencias de la noche anterior. Me conmovió la facilidad con la que los protagonistas abandonan sus roles y asumían otro que era contrario al suyo, al cotidiano.

Hace un par de semanas que intento concluir un sentimiento que me embarga (y entristece) pero no encuentro la forma de hacerlo.

Anhelo catarsis u olvidos.

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Quitarse a Picasso de encima

“No se trata de ser los mejores sino de crecer juntos”
“Tim decía que él era mucho más bueno que todo eso”
“ …pero se trata de experimentar, aprender, crecer…”
“Monade es una copia de Stereolab, algunos fans ven eso”*

No es sencillo quitarse a Picasso de encima.

Jackson Pollock creyó que lo hacía mientras pisaba (con talones incluidos) sus propios oleos: ¿quién, sino él, pintaba sobre sus lienzos utilizando como soporte no el caballete, sino el suelo, para ofrecernos después un profundo pero, plano y abstracto universo? La abstracción también podía ser dramática.

Al final la horizontalidad (reitero, pintaba sin caballete) y la gravedad de sus pinturas (la gotas que caían de arriba abajo), se agotaron cuando resurgió el alcoholismo y la temida figuración en su obra.

Pollock se alojó brevemente en la cima de la pintura moderna, pisó a Picasso y se puso encima de él, pero en 1956 estrelló su coche contra un árbol. Picasso salió sin ningún rasguño de sus zapatos.

Qué la abstracción puede ser dramática y emotiva fue, tal vez, lo que pensó Laetita Sadier cuando formó Monade y dejó aparcada la bella geometría que brinda Stereolab.

Sin pisar a Tim Gane (su particular Picasso): no es necesario ser tan explicito, camina bajo el resplandor de su estela, aunque a veces se desvía premeditada e inconscientemente del camino para conmoverse a sí misma, sin importarle a quién deslumbra.

Baladas de ombligos, nunca fue tan sano mirárselo.

*Entrevista a Laetita Sadier

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Mudar la piel


Qué Kafka acabara convertido al final de su novela –comencemos por el final, siempre- en una cucaracha, me trae a la cabeza algunas ideas de Warhol acerca de la superficie. No tanto por la similitud con la que estos autores tratan el tema, como por las diferencias –aparentes- que existen entre ambos.

Si para el artista pop “todo está en la superficie” (la verdad y la mentira, lo profundo y lo superficial) para el escritor checo, esa piel que nos define esconde nuestra verdadera esencia (una cucaracha con pulsaciones de chico).

Warhol nos devolvía nuestra mirada (vacío, miedo, alegría, juventud) a través de la superficie de las cosas (Merilyns, coca-colas-, flores), y Kafka utilizaba lo superficial, lo anecdótico (el agrimensor que nunca llega al castillo, la piel trasformada) para turbarnos desde dentro.

Este verano he comenzado a mudar mi piel, pero no sé si trata de un hecho profundo (una verdadera transformación que avecina cambios), o es simplemente la acción del sol.

Para no errar, dado que lo obvio se convierte a menudo en obtuso, miro lo superficial de manera profunda (la importancia de ir a comprar una barra de pan) y, lo profundo superficialmente: se trata de sobre vivir; la vida es una tómbola, tom-tom-tómbola, lalala, lalala,

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Andando sin

Hay épocas en que involuntariamente comienzo a caminar de puntillas, dejando mi talón al descubierto. Se podría decir que, como Aquiles, muestro mi vulnerabilidad desde el suelo (me mantengo en equilibrio con mucho esfuerzo).

Un buen día, cuando aún tus talones no pisan del todo, te invitan a una fiesta, y sin dudarlo, (a quién no seduce tomar champán bajo un cielo estrellado) acudes pensando qué tal vez abunden los asientos.

Pero resulta que el juego de la silla ya ha comenzado. No un rato antes, ni siquiera el mismo día. Viene de muchas fiestas atrás.

Mientras espero la siguiente ronda no puedo evitar fijarme en las personas que están sentadas y de qué modo (si encima de, compartiendo con, evitando a…) para después descubrir quién quito su asiento a, quién desearía estar sentado con, o quién se quito de debajo de. Incluso quién desearía levantarse porque le empujan sus.

Talones. En la última observé que los tacones además de elevar un par centímetros los hombros, también sostienen y cubren debilidades. Entonces me acordé de Aquiles, y de su talón, y mire los míos aún al descubierto.

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Batallas

Volverás a casa por vacaciones y te enfrentarás a tu antigua estantería de libros, discos y películas grabadas en VHS (en mi caso) de un viejo programa de cine que echaban por televisión. Creo que si ahora escuchará la melodía de Qué grande es el cine alguna lagrimilla asomaría. Reconozco que desde siempre lo que más me ha interesado de ese programa eran las tertulias post película (selección de planos, idiosincrasia de los personajes, cómo se rodó tal escena…), al principio porque no entendía nada, y luego porque sí.

El verano del 2000 fue determinante para mi incursión en el cine clásico: Los mejores años de nuestra vida, La dolce vita, Vivir su vida (la primera vez que vi ésta película intuía que estaba ante algo rompedor que se alejaba de las anteriores películas vistas en aquel programa, pero no sabía determinar en qué, al fin y al cabo, se trataba de una película antigua, en blanco y negro y de gangsters) y supongo que alguna más por cuenta propia, tal vez, Manhattan de Woody Allen y Encadenados de Hitchcock.

Vuelve el verano con sus incontables noches estrelladas, y yo ya se lo que haré: leeré Guerra y Paz (ya me encantó Anna Karenina), miraré viejas películas, casi seguro, La ventana indiscreta (mientras escribo este post me he encontrado con el debate que no pude ver en su día cuando la emitieron), y me terminaré la tercera temporada de Doctor en Alaska. Y tal vez, sólo tal vez, me atreva nuevamente a mirar de cara a mi antigua librería repleta de libros de historia del arte, y me enfrente al renacimiento italiano (tal como ya ocurrió hace 7 años cuando me dejé esta asignatura en mis primeros exámenes de septiembre), y a algún libro de estética como Los placeres de la imaginación.

Pensamos que el verano (estación que debería cambiar de nombre para los que ya han cumplido los veinticinco pues nunca volverá a ser esa época estival de noches infinitas para estudiantes remolones), nos dará coartada suficiente para ponernos al día con nuestros antiguas aspiraciones, pero cuando te enfrentas a ellas no tienes estrategias y te rindes tan pronto se presenta alguna dificultad.

Cuando estoy desilusionada y algo abatida, me da por pensar que por qué martirizamos con semiescondidas añoranzas. Quizá no sean tales, quizás arrastremos un capricho de juventud.

Una vez me dijo mi padre mientras hacía los deberes para la escuela algo distraída: “Inma quien siembra recoge”. Los renglones de mi cuaderno se transformaron en campo y las letras en semillas


 

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All tomorrow’s parties

Te equivocas y escribes mal una fecha antes de comenzar a tomar apuntes en clase, rellenando una solicitud o tecleando un mail. En vez de poner 26 de junio del 2008, escribes 26 de junio del 2080: un rápido y fácil calculo mental (2080-1981=99 años) y acto seguido tu mirada se torna melancólica mientras te preguntas: ¿estaré viva en el 2080? La duda consuela y continúas sin más con la tarea que tenías entre manos.

Es peor cuando en lugar de equivocarte en muchas décadas te equivocas en un par de siglos (¿qué tal el año 2300?). Entonces es cuando, de golpe, esa hipotética fecha te empuja, como si se tratase de un zoom de película, durante milésimas de segundo, a un futuro lejano que observas con los ojos muy abiertos pero sin ver ninguna idea concreta. Regresas, pues, con una mezcla de sentimientos contradictorios (melancolía e incredulidad, pesar y ligereza), y algunas cuestiones obvias (¿cómo será el hombre del siglo XXV?, ¿qué pasará con nuestras ciudades?… pero ¿habrá entonces mundo?). Al final una triste sonrisa se dibuja en tu rostro mientras te preguntas: y a mí qué si no estaré, a mi qué si no sufriré, según decía hace ya unos veinticinco siglos Epicuro, cuando mencionaba que “la muerte es sinónimo de perdida de sensaciones. No hay que temer, pues, el post mortem como tampoco la idea de muerte porque mientras vivimos no nos afecta, y cuando se impone no causa dolor”

Como no todos somos tan racionales y lógicos como desearía Epicuro, me quedo con una frase que leí en una entrevista de Félix de Azúa en El País: a medida que envejecemos nos importa menos morirnos, la juventud es un período narcisista: lo jóvenes se sienten únicos pero una vez que va pasando el tiempo esta sensación desaparece.

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Del arte a la arqueología

Dedico una oda a la mediocridad, pero a la mediocridad sincera despojada de altanería, pretensiones, alardes. Rindo tributo a la mediocridad ética, rigurosa, disciplinada y académica, esa que se confunde a menudo con humildad, y que sirve de marco, relleno o contexto, a grandes ideas. Pienso, por ejemplo, en teóricos que basan sus estudios en datos, en eruditos satisfechos, en músicos maestros, en alumnos metódicos, en pintores medios…

Mirando a la mediocridad desde la mediocridad se comprende el alcance de ésta: cohabitar con nosotros y describir nuestro contexto, como por ejemplo, esas pinturas que cuelgan en nuestro salón, o los grupos locales que descubrimos en pequeños conciertos, o la novela de tu mejor amigo… todas estas creaciones, tienen como común denominador que nos pertenecen, nos describen y nos entretienen

El brillo, la originalidad y la excelencia que caracteriza a las obras de arte, tan pronto las eleva a otras esferas como las aleja de la nuestra. No hay que huir de la mediocridad (se tiene o no se tiene), sólo hay que crear, aunque sean obras mediocres, o bien por que lo son…

Pienso en un futuro lejano, cuando ya no estemos, y tal vez sí permanezca ese libro que te decidiste a escribir, sin valor alguno, o los poemas de ese poeta del barrio que se fue entre cenizas…o la caja que hiciste para guardar calcetines. Todas las creaciones son parte de la cultura material de la época… y ¿a quién no seduce la inmortalidad que otorga la arqueología?

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Deseos

Comencemos hoy por el final de una vida. Ya sea imaginada, proyectada, pensada, dibujada, poetizada…La frase que la ilustra es del escritor Alexander Pushkin y me la dijo un amigo al oído, a gran distancia:”Puedo decir que sobreviví a mis deseos”.

Para mi caben dos interpretaciones: una podría ser, no haber contado el suficiente coraje para enfrentarse a ellos (y pese a ello vivir, y bien), y la otra podría ser; no haberse arrodillado por ellos. Entonces aquí, el orgullo (el respecto, promesa) estaría por encima de nuestros deseos.

Puede que no se trate de orgullo, sino simplemente de miedo.  Del miedo a no ser feliz después de haber sucumbido a ellos lo que nos impide lanzarnos a la piscina.

Tal vez Pushkin no sabía que hablaba en voz alta y se le escapó su deseo carente ya de anhelo. O quizás al deseo no haya ni que sobrevivirlo, ni combatirlo. Tal vez baste con educarlo para que nos empuje hasta volver a contemplarlo a media distancia. Como Pushkin consiguió desde el horizonte de su cama

 

 

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Paréntesis

Hoy no pienso en finales, ni en comienzos, sino en intermedios y en esas pausas que duran más que el acontecimiento al que asistimos: esas que nos hacen olvidar la batalla que teníamos pensada para mañana. Quizá más que a una película, (dicen que eso es la vida hasta que llega un acontecimiento trágico que te golpea y, se acabó la representación, se acabaron los anuncios… por un tiempo), primero se nos invitó a una batalla, la propia, de ahí que no empuñáramos las armas…

Estos intermedios donde transcurre la mayor parte de la vida, han sido magníficamente tratados en el cine, y en los estribillos de algunas memorables canciones. Ahora sobre todo me viene a la cabeza el personaje principal de La Dolce Vtia (Marcello) el cual anda siempre demasiado liado en sus quehaceres cotidianos: persecución de famosos y fiestas (podría también haber sido trabajo y familia, ipod y sonar), como para concentrarse en su afán de escritor de novelas. Casi sin darse cuenta es arrastrado por continuas olas de placer vacío que lo alejan de su isla, sin poner también él, ningún un impedimento.

Qué nos arrastre la marea, así es la vida. Olvidémonos de las batallas, y también de los sueños.

 

 

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Fe

Me planto delante de un cuadro y lo contemplo durante cierto espacio de tiempo. Voy a una librería y miro la parte de ensayo, puedo estar horas. Leo Esto no es una pipa, incluso cojo notas…pero solo intuyo su significado.

Cómo ignorar a Pollock, pero cómo comprenderlo. Cómo no apreciar a Foucault, pero qué decir de él. Cómo ir a la librería del CCCB y no echar un vistazo a esos sabios del presente de los que no sabemos nada.

Pienso en la religión la católica, en su celebraciones, en sus feligreses y, por primera vez, me inspira cierto respeto la fe de algunos que se aferran en creer aquello que no sienten, que no ven y que incluso no profesan, pero que en el fondo les gustaría sentir y comprender. Y me veo a mi delante de un cuadro o  escultura o frente a un libro, y, los veo a ellos y  estoy a su vera.

 

 

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