Fe

Me planto delante de un cuadro y lo contemplo durante cierto espacio de tiempo. Voy a una librería y miro la parte de ensayo, puedo estar horas. Leo Esto no es una pipa, incluso cojo notas…pero solo intuyo su significado.

Cómo ignorar a Pollock, pero cómo comprenderlo. Cómo no apreciar a Foucault, pero qué decir de él. Cómo ir a la librería del CCCB y no echar un vistazo a esos sabios del presente de los que no sabemos nada.

Pienso en la religión la católica, en su celebraciones, en sus feligreses y, por primera vez, me inspira cierto respeto la fe de algunos que se aferran en creer aquello que no sienten, que no ven y que incluso no profesan, pero que en el fondo les gustaría sentir y comprender. Y me veo a mi delante de un cuadro o  escultura o frente a un libro, y, los veo a ellos y  estoy a su vera.

 

 

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Murmullos en Roma

Una obra de arte expresa, evoca, enseña, documenta, pero no habla. O al menos eso pensaba yo hasta que llegué a Roma, y empecé a sentir el continuo murmullo algo nervioso de sus monumentos.

Era como si fuentes, esculturas, cúpulas, plazas no supieran que ha llegado el año 2008, como si nadie les hubiera explicado cuál era su finalidad en este nuevo siglo. Cansadas de no perecer y aparecer en todas las fotos de mundo…

Las entendía, y cómo no. La inmortalidad cansa, y no tiene sentido cuando no puedes disfrutar en una plaza de la contemplación de una escultura, que ha sido creado para ello: ¿para qué degradar su origen?

Me viene a la mente el protagonista de À Rebours el duque De Esseintes (abandonado a los placeres de su castillo) quien un día decide partir y visitar Londres pero a última hora prefiere perder el barco y permanecer en la taberna donde se hallaba, por temor a no encontrar aquello sobre lo que ha leído. Así que coge sus guías, sus libros de arte y, acompañado de un exquisito Jerez, camina sentado por la city

Y si la verdadera contemplación ya no es la verdadera. Es decir, y si el recuerdo pesa más que la visión directa. Es decir, y si reconociera que puede desaparecer Roma pero no la Dolce Vita.

Quizá viajemos para disfrutar más de nuestras películas favoritas

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Piscinas

Tengo una particular fascinación por las piscinas. Esta me viene de la infancia. Me pasaban las horas nadando y buceando, sobre todo buceando. Creo que fue en una de esas tardes de verano cuando empecé a oír mi yo interior. Me gustaba estar bajo el agua, oculta para los demás y rodeada de azul. En la superficie tampoco se estaba nada mal: colchonetas, juegos, saltos…Contar con una piscina en verano era la mejor promesa de diversión. Pero terminó de repente, de cuajo.

Desde mi perspectiva actual las veo como receptáculos de sueños, promesas, y posibilidades no cumplidas que cada nuevo verano se vuelven un poco más inmensas. Es curioso, siempre están llenas y a la vez vacías: nadie se baña, nadie bucea. Hastiadas esperan que alguien se sumerja, y dé sentido a su existencia, a la propia. Me viene a la cabeza Ed Ruscha. Las piscinas ocupan gran parte de su obra: quietas, silenciosas, perennes. Se ofrecen como consuelo y condena. Ruscha pintó las piscinas de las grandes mansiones de Los Ángeles, y con ellas recogió todas las tristezas y desidias de sus omnipresentes bañistas.

Desde hace bastante tiempo que sueño con piscinas, no me ocurre muy a menudo, pero sucede de vez en cuando. Hace poco soñé que saltaba desde un trampolín a distintas. No sé que significado tendrán para el psicoanálsis, pero sé que cuando sueño con piscinas sueño sobre mí. De ese yo protegido que buceaba y jugaba feliz.

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Imágenes

Un terceto recien formado escuchan Erik Satie, y beben cava a las cuatro de la madrugada. Hablan sobre situacionismo, constructos, y demás objetos surrealistas, y dadaístas. Llega una enfermera recien dormida en camiseta….Es el comienzo de un gran amistad.

El vuelo imposible de una cometa en una tarde sin aire. Cuatro adultos en lo alto de un tejado buscan a un niño de 9 años para que les ayude a volarla.

Me gustan tus gafas, dijo ella, y a mi tú. Eso fue lo primero que me dijistes. Es verdad, no me acordaba, dije yo.

Flaca, dame un beso.

Indiscutiblemente, Estrella, la pátina es un valor añadido a la obra de arte.

Al final de la escapada: Tú eres nouvelle vague, dijo él, y tú Baudelaire.

Crecen en secreto las niñas.

Entonces pregunté a un distinguido catedrático (especialista en Vanguardias): ¿Cómo se lleva eso de la historia del arte y empujar un carrito de niño pequeño?

Como dice Vicente Verdú en La forma del mundo, ya no existe la naturaleza, sino parques temáticos. Recuerdo cuando lo dijistes. Fue en clase de Contemporáneo, hablamos del expresionismo alemán, y de la crisis de sujeto causado por la no naturaleza.

Haré como Duchamp y te traeré aire embotellado de Londres.

Me quedo con esta imagen: los dos sentados en las escaleras de la facultad, repartiéndonos las fotocopias de no sé que asignatura. El viento sopla y tú me dices que echarás de menos momentos como este.

No volveran esos días en el que tiempo nos reunía, ma jolie…

Nunca te lo dije, pero te quiero y te echaré de menos infinitamente. Un beso sin fin.

A Miguel, por supuesto

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Continuar y recordar

“Eso es lo mejor que nos ha ocurrido en toda la vida -dijo Frederic.
Sí, tal vez. Es lo mejor que hemos tenido nunca -dijo Deslauries”
(La educación sentimental, Flaubert)

Muchos finales dan pie a comienzos, pero la mayoria se terminan una vez has cerrado ese libro que te tenía subyugado, o apagado la caja de luces. Amontonadas en la memoria, reparecen esas historias en una conversación, “ese libro lo leí, pero hace mucho tiempo…” Con frecuencia no recordarmos haber visto una película, y pasamos el rato intentado adelantarnos a alguna de las escenas para comprobar efectivamente si la vimos, o no.

Suelo acabarme los libros por la noche, entonces experimento una especie de vacio y temblor, de coherencia y desasosiego. Da igual la temática del libro, el final siempre es el mismo.

Continuar y recordar. De eso se trata cuando acabas con un libro importante. Los mejores finales son los que te impulsan con más energia a buscar otros nuevos, donde perderte y encontrarlos.

Yo tuve un amigo que me invitaba a entrar en las películas; nos cogíamos de la mano y nos lanzábamos directamente contra el celoluide: Bacall, Bogart, él y yo.

Algún día contaré como termina la película. El final es triste pero así suelen ser los mejores.

 

 

 

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Recuerdos de recuerdos

A veces me pongo a recordar épocas pasadas que yo no he vivido aunque sí imaginado a menudo. De las que más me gusta recordar es la Griega Clásica, por su ingenuo sentimiento de saberlo todo. La admiración con que nos enseñan estos siglos en la escuela ha hecho, definitivamente, mella en mí. Tanto que una vez escribí un relato “Finisterre” donde me imaginaba que sensación tuvieron que experimentar los romanos, al toparse con el fin de la tierra.

Como apenas poseo conocimientos de historia (y también tengo abandonada a la historia del arte) me imagino a personas anónimas en días anodinos de la historia. Es mucho más sencillo que recordar el sabor de una gran batalla, o la resolución de una obra arquitectónica. Solamente pienso en momentos de silencio, aburrimiento y vacío, y los traslado a otra época: la visión fugaz de una chica del 1400 que imagina el 1900, a nuestros bisabuelos regresando del campo con los trastos a rastras por –hermosos- senderos ya borrados, tal vez con un cigarrillo a medias… Al ángel de la Melancolía de Durero pensado en la noche de los tiempos…

Existe un recuerdo que descubrí hace poco que es el más preciado que tengo (por su unicidad e intimidad): yo recordando a mi padre (fallecido) que recuerda su niñez. La imagen es conmovedora:

Mi padre me habla desde el sofá, una tarde más de inverno. Yo tengo unos 10 años, un azul Klein apagado colapsa el cielo. Escucho atenta. Me cuenta anécdotas de cuando era crío. Entonces yo me imagino (en blanco y negro) a mi padre jugando de crío por su pueblo, Zafarraya. Como nunca había ido antes, me imagino su pueblo (de color sepia) con viento y sin aceras. Mi padre se levanta, busca una foto de cuando era pequeño. No hay duda, me parezco a él.

 

 

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La vida como obra de arte: Picasso

Leía no hace mucho sobre el psicoanálisis y su relación con la historia del arte. De como los artistas acudían a éste para indagar en sus propias psique, o los críticos recurrían a metodologías psicoanalíticas para interpretar posibles simbologías en cuadros, dibujos, esculturas…

Existen dos posibles vías para no renunciar a la satisfacción de los instintos: una, es a través de procedimientos artísticos (Freud entendía el proceso artístico como el contacto que el artista mantiene con su realidad oculta, primitiva, instintiva y erótica) y, otra es transformando nuestro entorno real.

Cuando leía esto último, me vino a la cabeza la vida de Picasso. No sé si podríamos decir de Picasso que era un excelente hijo, ni marido, ni padre de familia. Sin embargo, su vida es tan interesante de estudiar (mujeres, amantes, pérdidas, artistas, marchantes, hijo) como inagotable es su obra (modernisme, cubismo, clasicismo, surrealismo). Mientras Picasso satisfizo sus instintos por ambas vías, otros aún ni la artística ni la vital.

Pero cómo le digo a mi madre que no iré a casa por vacaciones, o a los compañeros de trabajo que paso de ir a la cena de navidad, que prefiero estar escribiendo o…lo que sea. A estas cosas nos gustaría decir que no, pero aunque nos molesten acudimos porque es lo que nos mantienen con los pies en la tierra. Por eso creo que nunca rozaré el mundo de los instintos y del arte por mi misma. Tendrá que ser por las vivencias de aquellos que bajen a los infiernos y me ofrezcan sus tesoros

 

 

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Lo terrorífico.

Experimentar el abismo, contemplar un precipicio, sentir terror, soledad, desamparo… son sentimentos que ha sabido reflejar y descubrir el arte. Para los que no vivimos al borde de la locura, detenernos a reflexionar, momentaneamente, sobre estos sentimentos puede ayudar a conocernos mejor.

Este verano ví una película demoledora: “Secretos de un matrimonio” de Ingmar Bergman. Son varias las escenas que muestran con gran crudeza, a través de una puesta en escena sencilla y sobria, los pensamientos y acciones que giran alrededor del amor; pensamientos que ocultamos a los que nos rodean, y a nosotros mismos, pero que están ahí latentes.

Daré un gran salto, aunque la película no lo merece, hasta la escena final: el matrimonio (divorciado ya hace bastante tiempo) se encuentran, en secreto, en su antigua casa campo. La velada trasncurre hablando de su actual vida sentimental, y de los descubrimientos que han hecho sobre ellos mismos. En mitad de la noche, Marianne, se despierta por una pesadilla. Abrazada a Johan, su ex marido, le habla del miedo a morir sin haber experimentado el verdadero amor. Su rostro, que aún contempla la pesadilla, se va relajando cuando comprende que el amor imperfecto es la única forma de amor que conocerá.

Pero lo terrorífico no tiene que ver con este final semifeliz, si no con lo que podría haber sido de haber seguido juntos. En una escena anterior, una mujer de unos sesenta años quiere poner fin a un matrimonio apacible. Admite no querer a sus hijos, ni a su marido. Sabe que la única forma de salvarse es a través del divorcido: se asfixia hasta tal punto de no sentir nada, ni el tacto de una mesa.

Ante la imposibildad de concer el amor verdadero, el mayor consuelo es conocerse a sí mismo.

 

 

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Escritura automática

Ante el miedo de la página en blanco, los surrealistas ponían en prácitca algunos ejercicios o juegos, como el cadaver exquisito, o la escritura automática. Para prácticar el primero es necesario por los menos dos personas, para el segundo, uno mismo con sus fobias, basta.

Al principio se dudó de que los pintores pudieran adherirse a esa nueva tendencia: dejar aflorar el inconsciente requeria, entre otros, rápidez, y la pintura era una práctica que necesitaba de tiempo.

La verdadera práctica surrealista, se revelo, en formato fotográfico. Un artefacto, que sólo precisaba apretar un boton de forma aleatoria para que surgiese una imagen, y además fidedigna.

Buenas noches, y buena suerte.

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Comencemos por el final

Un amigo me dijo que siempre estoy pensando en el final de las cosas: cuando desaparezca mi perra, cuando desaparezca yo, cuando muera Woody Allen…y ahora gracias a él también pensaré- en la noches de invierno- en el meteorito que chocará contra la tierra dentro de unos 50.000 años.

Cuando ayer me decía esto, rápidamente vino a mi cabeza Miguel Ángel y todo el arte del Renacimiento. Es decir, todo aquello que yo he estudiado y he elegido como parte de mi vida. Me producía escalofríos imaginarme el Laoconte en mil pedazos flotando en el espacio. Ni rastro de hombres, ni de sus obras. Realmente terrorifíco.

Antes de dormirme, encontré consuelo momentáneo en un pensamiento que tengo desde hace algún tiempo, nos hacemos antiguos, lo que nos interesa a nosotros no interesará a nuestros descendientes. Si cuando eramos adolescentes nos introducía en la música los grupos de los 60/70 como los Doors, la Veltve Underground, Jimmy Hendrix, dentro de 10 años será Nirvana, Pearl Jam, y los Pixies. Dejamos de interesarnos por aquello que está demasiado lejos de nostros.

Algo parecido me pasa a mi con el arte prehistórico; no dejo de mirarlo con cierto pavor, huellas de lo que fuimos pero que nada tiene que ver conmigo.

Antes de cerrar los ojos pensé nuevamente en Miguel Ángel, pero también en Dalí, Picasso, en Warhol -bueno en este último no, porque no tenía mucha fe en nosostros- Pobres la inmortalidad no les alcanzará.

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